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sábado, 26 de noviembre de 2016

La Canción de Roldán.

En torno al año 778, me encontraba yo, Carlomagno, aguardando la sumisión de  Zaragoza, con lo que no fue para mí una sorpresa recibir en mis dependencias a  emisarios del rey zaragozano Marsil, que portaban consigo un mensaje de paz.
Como respuesta, consagré a Ganelón la tarea de llegarse hasta Zaragoza para que  aceptara la propuesta de Marsil, y habiendo logrado nuestro objetivo, decidí que mi  ejército y yo mismo podíamos retornar a Francia.
Así dispuse que mi fiel Roldán ostentara el estandarte que le acreditaba como jefe de  la retaguardia mientras emprendíamos el regreso a nuestro añorado hogar.
Todo estaba en orden, hasta que un día mientras jugaba una partida al ajedrez, escuché el escalofriante sonido del olifante de mi querido Roldán. Me quedé paralizado pues supe al instante que algo horrible debía estar pasando, pero Ganelón me intentó disuadir haciéndome creer que nuestro osado Roldán estaría dedicándose a otros menesteres, como la caza, y que seguramente no necesitaría ayuda.
Las palabras de Ganelón no me tranquilizaron, y una fuerza en mi interior me llevó hacia el lugar donde debían encontrarse los caballeros de mi ejército. Al llegar al desfiladero de Roncesvalles, comprendí cuál había sido la causa de mi tormento, y allí encontré la tierra rociada con la sangre de mis pares, desolada y sembrada con sus cuerpos.
No podía entender lo que había ocurrido, pero una súbita sonrisa llena de malicia en el rostro de Ganelón me indicó que sin lugar a dudas, él estaba al tanto de cuanto allí había acaecido. Aquel detestable ser que quería ver muerto a su propio hijastro Roldán, había conspirado contra mí y se había aliado con Marsil. 
 Juré que devolvería diente por diente y consagré toda mi energía a perseguir  al ejército zaragozano hasta que logré destruirlo y Zaragoza cayó rendida a mis pies. En cuanto al despreciable Ganelón, sólo puedo decir que recibió lo que merecía y tras un justo juicio fue descuartizado en Aix.
Así fue cómo logré vengar la memoria de mi ejército. Y la historia quiso que todos estos eventos quedaran plasmados en la memoria popular; así se recuerdan en uno de los poemas épicos medievales más conocidos: “La Chanson de Roland” o “Cantar de Roldán”.

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