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martes, 20 de septiembre de 2016

El asno del apóstol.

Allá por el 1100 d.C., la ciudad francesa de Poitiers sufrió en sus propias carnes el azote terrorífico y estremecedor de la peste, matando a la mayoría de sus habitantes. Un lugareño, espantado por lo que acontecía consultó con su esposa y ambos decidieron huir en peregrinaje a Santiago de Compostela con sus dos hijos pequeños. Iniciaron el viaje con una mula en la que iban la esposa y los hijos, mientras que el hombre hacía la ruta a pie.

El viaje va transcurriendo con normalidad y llegan a la ciudad de Pamplona donde se hospedan para reponer fuerzas. Sin embargo, el destino tenía preparada a la familia una desagradable sorpresa y la esposa cae presa de la enfermedad, por lo que la familia se ve obligada a permanecer en la capital navarra más tiempo del esperado y deseado. Finalmente la buena y devota mujer no puede superarlo y fallece; dejando a esposo e hijos completamente desolados.

El avaro e inmisericorde mesonero, siendo consciente de que el huésped ya podía partir, reclama al recién enviudado peregrino una importante cantidad de dinero que éste no puede satisfacer; así que en prenda le deja la mula con la que viajaban. No obstante, antes de lanzarse a los caminos rebosantes de peligros y dificultades varias, reza implorando el favor del apóstol Santiago para que se apiade de su situación.

Privado de la montura, sin dinero para comprar comida y con dos niños a los que alimentar, el buen hombre se ve obligado a pedir limosna a las afueras de Pamplona. En un momento dado, un anciano de aspecto venerable y elegantemente vestido, que iba a lomos de un asno de aspecto imponente, se acerca al atribulado peregrino y entabla conversación con él. Tras escuchar su terrible historia, le ofrece la cabalgadura al tiempo que le dice: – “Me lo devolverás cuando llegues a Santiago, porque yo vivo allí y saldré a recogértelo”. [G. Atienza, 2012: 124]

Ni que decir tiene que nuestro protagonista aceptó encantado el ofrecimiento, que por cierto, también tenía una parte monetaria contante y sonante.

Gracias a la ayuda prestada por el respetable anciano, el viaje del peregrino y los dos pequeños transcurre sin muchos sobresaltos, llegando a Santiago de Compostela sin más percances. Cumpliendo con la tradición, se dirigen a la Catedral para orar y, cuando el hombre estaba sumido en ella dando gracias, se le aparece el misterioso anciano que le prestó tan valiosa ayuda en Pamplona. El relato cuenta que el peregrino no reconoce a la persona que le habla por lo que éste acaba identificándose como “El Apóstol del Señor”.

Pasados unos días, emprenden el camino de regreso a Poitiers y se detienen en Pamplona. Allí se enteran de que el hostelero ha fallecido debido a un accidente; se había caído del tejado de la casa y todos en el lugar tenían la certeza de que había sido un acto de justicia y un castigo divino por su falta de caridad y misericordia con los peregrinos como ellos.

Ya de vuelta en el hogar, el hombre iba refiriendo a sus vecinos todos y cada uno de los avatares por los que habían pasado él y su familia. Cuando los hijos descienden del flamante pollino, éste desaparece en medio de un fulgor celestial. Todos se quedaron boquiabiertos ante lo sucedido y el devoto peregrino exclamó: – “No era un borrico, sino un ángel que Dios nuestro Señor envía allí donde es precisa su ayuda”. [G. Atienza, 2012: 125]

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