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viernes, 5 de septiembre de 2014

La labor oculta del Camino: los hospitaleros y los voluntarios

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Varios peregrinos cruzan la Plaza de Santa Maria de los Arcos,
detras, la iglesia parroquia y su torreón. S.E.


El Camino de Santiago Francés es la gran ruta de 775 kilómetros que empieza en Roncesvalles y enlaza Europa con el norte de España: Aragón, Navarra, La Rioja, Castilla y León y Galicia. Una vía que en el siglo X articuló la consolidación de un imperio y la normalización del culto traído por la orden del Cluny frente a la iglesia española mozárabe. La gran ruta comercial en la que se fundan y crecen las ciudades de Estella y Viana y la villa de Los Arcos. Hoy, es el gran camino espiritual, popularizado por el Codex Calixtinus de Aymeric Picaud, que sigue atrayendo a miles de peregrinos hasta Tierra Estella.

El camino puede recorrerse a pie, en bicicleta o, incluso, a caballo, pero hay otra manera de realizar la ruta jacobea sin moverse del sitio mientras los caminantes avanzan. Los hospitaleros voluntarios del camino atienden de forma desinteresada algunos refugios de la ruta. Ellos madrugan, limpian, reciben, atienden y ayudan a los peregrinos sin beneficio económico alguno.

Ser hospitalero no es difícil. Sólo hay que disponer de 15 días de vacaciones y del presupuesto necesario para costearse los gastos para mantenerse durante esa quincena. Existen dos formas diferentes de hacerlo, con la Federación de Asociaciones de Amigos del Camino o con los Amigos de los Refugios. Además, este lado del Camino, que pocas veces se reconoce su labor, cuenta con otros voluntarios que no sólo gestionan los albergues si no que, simplemente atienden y acompañan a los caminantes por las localidades de manera desinteresada.

El portal de Castilla recibe en Los Arcos a los peregrinos que culminan la sexta etapa del Camino que parte de Estella. Al llegar a esta localidad de Tierra Estella, los caminantes no solo se encuentran con la majestuosa construcción de la iglesia de Santa María y su torreón -un templo con una sola nave de cruz latina, con un claustro propio de una catedral, que mezcla varios estilos, desde el románico tardío hasta el barroco-, en el albergue municipal Isaac Santiago, ubicado en la otra margen del río Odrón, en la calle San Lázaro, los penitentes son recibidos por dos voluntarios que viajan desde Bélgica para atenderles.

Desde Semana Santa hasta el mes de octubre, la asociación Belga del Camino de Santiago gestiona el albergue de Los Arcos a través de hosteleros voluntarios, socios del colectivo europeo, que se turnan por quincenas para mantener el servicio de atención al peregrino en la localidad de Tierra Estella. Rosette Champagne y su cuñado, Chtistian Van Ranslech, son dos de los hospitaleros habituales en cada edición. Desde hace 15 años, Rosette Champagne se desplaza todos los veranos desde su ciudad natal, Malinas, en el distrito de Amberes, hasta el albergue Isaac Santiago para continuar lo que para ella es ya una tradición que emprendió en 1999 con su marido, ya fallecido, y que ahora mantiene con su cuñado.


EXPERIENCIAS

“Después de recorrer el Camino tenía la necesidad de agradecer de alguna manera lo que habían hecho por mi todos los hospitaleros voluntarios con los que me crucé en los albergues”, afirma Rosette. Según la hospitalera, las posibilidades que hoy en día hay para recorrer el camino son tan amplias que en muchas ocasiones se pierde el espíritu con el que se inicia. “La hospitalidad con la que te reciben en los albergues fortalece la experiencia. Resume lo que el penitente encuentra en el trayecto y le ayuda a entender su significado mientras, al mismo tiempo, lo recorre físicamente”, añade la voluntaria belga.

A las 6.30 horas de la mañana los voluntarios se levantan para limpiar el albergue mientras los peregrinos más tardíos van retomando la ruta hacia Sansol. Labor que les ocupa hasta el medio día cuando abren las puertas del hospedaje para recibir a más caminantes. “Rellenamos las fichas, les recibimos y les explicamos cómo funciona la convivencia”, detalla Champagne sobre el servicio que tiene una capacidad de 70 plazas y tiene un precio de 6 euros y medio -4.5 euros por el alojamiento más uno y medio por las sábanas y el almohadón-. Por la noche, a las 22.30 se exige silencio para el descanso de los penitentes.

Su labor es voluntaria, pero el Ayuntamiento de Los Arcos les financia una de las comidas diarias y les obsequia su dedicación con aceite de oliva del trujal de Mendía. “En total, la asociación recibe unos mil litros de aceite al año”, añade Cristina Obanos, edil de Los Arcos. “El hospitalero está en contacto con ese lado oculto del peregrinaje. En una etapa que no marcan los mapas, única y especial, que nos enriquece y nos hace mejores personas”, apunta Rosette Champagne.

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