Días para el próximo año Santo

lunes, 11 de agosto de 2014

Todos los caminos llegan a Santiago

Razones que sólo entiende la fe. Afán de aventura. Curiosidad por el mundo. En la mañana del 24 de julio, víspera de la festividad de Santiago Apóstol y del Día de la Patria Gallega, cada peregrino tiene una respuesta distinta al preguntarle las razones por las que ha venido. Algunos aspiran a obtener la Compostela, el reconocimiento oficial de la Iglesia de que se ha peregrinado, y por eso Duce Lui, una brasileña de São Paulo, ha venido por el Camino Sanabrés —uno de los más pintorescos y difíciles— a pie “con Dios a su lado”. Es muy precisa: “Mis razones son estas: un 40% o un 45% es por razones de fe; el resto es la emoción del viaje, las sorpresas del camino, el compañerismo. Reparta usted como quiera. La gente quiere gente”.

La gente quiere gente. Y “cuantas más personas haya en Santiago, más vendrán de los más apartados rincones del planeta”, afirma José Luis Gayoso. Una tradición secular que arranca hacia el año 812 cuando Alfonso II, rey de Asturias, tuvo una revelación poética y política. En ese momento se descubre el sepulcro del Apóstol “a lo mejor sobre los huesos de Prisciliano”. Sea como fuere, este remoto hecho ha convertido este camino en algo más que una senda espiritual central en el pensamiento católico. Gayoso, un gallego jovial que regenta Casa Manolo, uno de los restaurantes preferidos por los peregrinos, no teme que la masificación pueda desvirtuar la verdad interior del camino. “La diferencia entre este año y el anterior es que vienen los mismos pero acompañados. Si antes un grupo traía 20 peregrinos, ahora viene con 70. Esto no hay quien lo pare, felizmente”, nos dice justo antes de atender un nutrido grupo de eslovacos.

“La gente viene buscando comodidades que no se pueden dar”, explica el dueño de un albergue de Villafranca del Bierzo

En Casa Manolo se come muy bien. Jesús Arias Jato, peregrino y hospitalero en Villafranca del Bierzo, nos recomienda encarecidamente los chipirones sin limpiar “por si alguno se ha comido una gamba”. Es un hombre atezado, en su rostro el tiempo ha excavado grietas de tristeza y felicidad. Amigo según me dice de Paulo Coelho algo tiene, sin embargo, de personaje de una novela de Álvaro Cunqueiro. Fue su abuela Generosa quien le transmitió la melancolía del Camino. En 1970 apenas llegaron a Santiago, en peregrinación, 68 personas; en 2014, este año, habían llegado a mediados de julio casi 200.000 (de ellos, 55.000 extranjeros). No estamos, además, en año jacobeo. Una eficacísima campaña publicitaria de la Xunta de Galicia, la existencia de muchísimas asociaciones de peregrinos en todo el mundo y el atractivo de una ciudad que propone un centro justo al lado del Finisterre, han renovado el milagro de los panes y de los peces.

Jesús Arias Jato, que se ve a sí mismo, y sin duda lo es, como un precursor de la renovada vitalidad del Camino, sí teme que la masificación acabe con la esencia del Camino. “El problema de hoy mismo”, asegura, “son las chinches y el wifi”. Dice que lo ve todos los días en su albergue de Villafranca del Bierzo, donde por cinco euros se tiene posada y comida. “La gente viene buscando comodidades que no se pueden dar ni por ese precio ni por ningún otro. Lo de las chinches en mi casa lo solucionamos todas las mañanas metiendo las sábanas en lejía. Pero las chinches reaparecen porque vienen de otro sitio. Hay gente que se preocupa más de tener conexión a internet que de limpiar como Dios manda. Llega un peregrino descalzo y yo le digo que, por razones de higiene, se tiene que calzar dentro del albergue. Protesta porque dice que ha hecho una promesa. Insisto en las normas de la casa. Después me pregunta si tenemos wifi y spa. Y yo ya sé que se ha descalzado 20 metros antes de llegar a mi casa”, asegura.

Marcelino, uno de los peregrinos más veteranos y populares del Camino. / Susana Muns

Lo cierto es que el Camino, como todo en este mundo, es susceptible a cualquier interpretación. Dulce Lui, que escucha atentamente a Jesús Arias Jato, también está de acuerdo en que determinadas comodidades son ociosas en un viaje que, siendo una peregrinación al sepulcro del Apóstol, también es un viaje al interior de uno mismo. “La principal razón por la que estoy aquí no te la he dicho aún: estoy aquí por encontrarme a mí misma”.

A nuestra conversación se une Raimund Joos, un autor alemán de guías de viaje especializado en el Camino de Santiago. Acaba de hacer el Camino de la Costa —que parte de Irún y recorre la cornisa cantábrica— para actualizar una de sus muchas guías. Me dice: “Lo cierto es que cada peregrino tiene su camino. El Camino Francés, que parte desde Roncesvalles y viene hasta Santiago por el interior, es verdad que se está convirtiendo en una ruta turística comercial. Soy católico y sé que incluso en una vía comercial se puede encontrar la revelación. Pero me preocupa que los peregrinos, muchos de ellos, ya no sigan el camino que proponía la Vía Láctea, sino el de la banda ancha de internet”.

Nuevos tiempos, nuevas costumbres. Joos critica que la Iglesia exija a los peregrinos, para conceder la Compostelana, al menos haber recorrido 100 kilómetros, a pie o a caballo, o 200 en bicicleta. “Esto cada vez se parece más a una prueba deportiva”, asegura, “y no todas las personas son iguales”. Miro a mí alrededor y veo multitud de personas. En grupo, las más; solitarias, algunas. Buscan algo que no se puede comprar y que sin embargo aquí dicen encontrarlo. Algo indefinible. Algo que para unos tiene que ver con la fe y para otros no. Para todos, pienso, la conciencia de ser uno mismo siendo por unos días otro. “Para ser peregrino hay que disfrazarse de peregrino; y en esa impostura a veces se encuentra la verdad”, me había dicho por la mañana un sacerdote irlandés afincado en Nueva York. “Todo se reduce al rito, también para un ateo como usted”, le entendí mientras me dejaba, con un gesto cortés, con la palabra en la boca.

El itinerario espiritual y verdadero parte de León a Oviedo y, de allí, llega a Santiago por Tineo y Grandas, dice un experto

No le pregunté al padre Peter si sus antepasados eran irlandeses. Estaba en la plaza del Obradoiro curándose las heridas de sus pies. Sonriente, con su sombrero de peregrino y sus trazas de pastor luterano, le pregunté si era católico. “Soy católico y de Colorado”, me contestó sorprendido disculpándose por no hablar español. “Soy el único de Colorado que no lo habla”, ironizó. Cuando le pregunté las razones por las que hacía el camino contestó: “En primer lugar, porque me he empeñado en ser santo y todos los días compruebo que no lo soy. En segundo, para acompañar a mis alumnos en este viaje alegre”, dice. Voces cristalinas quiebran el diamante del día:

Father Peter, Father Peter...

Me parece, por un momento, que las alumnas del padre Peter son como mariposas que en su vuelo inexacto se posan exactamente en el centro de la flor. Y el padre Peter me explica:

—Estamos en un curso de la Universidad de León. Uno de los atractivos de esta Universidad, para nosotros, es que está en el Camino de Santiago.

De León a un lado, como se decía antiguamente, también son los peregrinos de La Bañeza, de la Asociación Monte Urba. Hace ya dos años que partieron desde Alicante y este año lo retomaron de los alrededores de Ávila. “El Camino fue duro, muy duro, sobre todo por Sanabria y ahora nos toca disfrutar”, asegura una médica cuyo nombre apunté en una servilleta. “Es una experiencia muy intensa, es la sensación de estar vivos. ¿Por qué nos decidimos al Jubileo cuando estamos jubilados?", reflexiona en Los sobrinos del padre, un restaurante magnífico donde su dueño, todas las noches, echa con sus pequeños lápices las cuentas sobre el mármol de la barra. Tras darle vueltas al asunto, yo le digo: “Los sobrinos del padre, ¿no son los hijos del cura?”. Y él se ríe, azorrado con esa alegría con la que azorran tan sabiamente los gallegos.

En una esquina, en la rúa dos Loureiros, vuelvo a encontrarme con Raimund Joos. Va con prisa, que su vuelo parte para Alemania en unas horas. Le pregunto cuál, de todos los caminos, de todas las vías, es la mejor. Su respuesta no tiene desperdicio:

—Todas son buenas. Pero cada uno tiene la suya. Es evidente que quien echa a andar y llega, venga desde donde venga, ha venido por el buen camino sea cual sea el que ha escogido. Por el Camino Francés hoy se puede encontrar de todo: como te decía Jesús Arias Jato ayer, hasta albergues con un simulacro de spa. También albergues como el suyo, el Ave Fénix, que responden a lo que yo entiendo que debe de ser un albergue. Si yo tuviese un cliente que me dijese que quería hacer un camino espiritual, un camino difícil y verdadero, le recomendaría el primitivo, el que parte de León a Oviedo y desde la capital de Asturias, pasando por Tineo y Grandas, hasta Santiago.

A la espera de los fuegos, en la Praza da Pratería. / S. Muns
Raimund Joos se despide con la convicción de que, algún día, nos volveremos a encontrar. Echo a andar por las calles de Santiago y me encuentro con una manifestación nacionalista: sí, éste es el país de Santiago el Apóstol. También el de Rosalía de Castro, Alfonso Castelao y Otero Pedrayo. Los Reyes de España están alojados en el Hostal Reyes Católicos de la Plaza del Obradoiro donde ayer mismo vi el cielo arder en fuegos artificiales sobre el campo de estrellas de tantas esperanzas.

La policía, muy educada, controlaba para que nadie pasase a la plaza ningún escapulario que no fuese estrictamente peregrino. Por lo que observo —a un muchacho le dicen que no puede entrar con la bandera independentista— tampoco había mucho interés en hacerlo.

En el Derby, un café de Santiago donde Torrente Ballester se olvidó un poco de sí mismo, pienso que tenía razón Fernando Pessoa cuando decía que todo principio es involuntario. Partían de la Corte de Oviedo caballerías portando cartas a la Corte de Carlomagno en Estrasburgo. Beato de Liébana le confesaba a Alcuino de York su preocupación porque Elipando, Arzobispo Primado de todas las Españas, abrazase la causa del adopcionismo, esa que dice que las tres religiones —judía, cristiana, musulmana— fuesen simplemente tres perspectivas de una única religión verdadera. Decidieron entre los dos que no, que no era así y crearon Europa y su camino. También a Descartes, a Espinoza y a Carlos Marx.

Coreanos, iraquíes cristianos, austriacos, eslovacos, norteamericanos, egipcios coptos, portugueses, alemanes, brasileños... “La gente quiere gente”, como dijo Dulce Lui. Me imagino aquella primera peregrinación. Alfonso II llega a San Pedro de Nora, al lado de los estrechos límites de su reino, a escasos kilómetros de Oviedo, y echa a andar con los suyos siguiendo la Vía Láctea. Estoy, otra vez, en el restaurante Los sobrinos del padre. Zapatones y Marcelino, dos peregrinos entrañablemente profesionales, me confiesan en la terraza del local el secreto sin decírmelo:

—Siempre hemos estado aquí, esperándoos. Y como no veíais, fuimos a buscaros.

Alfonso II debió sentir lo mismo aquella mañana. Lo que me dice Jesús Arias Jato:

—Nadie pisa dos veces el mismo camino; pero todos pisamos el camino que otros han pisado.