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miércoles, 20 de agosto de 2014

Cómo hacer el Camino de Santiago con niños

"Chicos, ¿os parece que el próximo verano nos vayamos a hacer el Camino de Santiago?". Este suele ser el primer error. Lo cometemos de manera sistemática. En algún momento del año surge el tema así que, antes o después, se lo proponemos. Inmediatamente comienzan las dudas en ambos lados de la mesa: ¿Mis padres se han vuelto locos? ¿Será viable iniciar a los niños en la peregrinación más famosa de Occidente? ¿En qué momento dejan de ser demasiado pequeños?

El Camino de Santiago más transitado en la actualidad (el denominado Camino Francés) es una línea continua de 700 kilómetros que enlaza maravillosamente los Pirineos, La Rioja, Burgos, la tierra de Campos, León y el Bierzo y finalmente todo Galicia. Por accesibilidad o agendas muchos viajeros optan por las últimas etapas. Cada año es recorrido por más de 200.000 peregrinos que llegan a la capital gallega. Un 28% de ellos son menores de 30 años, pero ¿cuántos de ellos son críos, en realidad? No hay cifras estimadas, aunque sí soluciones para todos. 

De esa fabulosa caminata cuelgan más de 1.000 años de arte, culto, lenguas y relaciones entre ciudadanos europeos. Y prácticamente ninguno de esos ingredientes es parte de lo que un niño de hoy percibe como lejanamente atractivo. Uno de mis hijos asiente según repasamos este texto. No ha cumplido aún los doce.

Qué hacer y qué no

¿Quiere decir que debemos desvestir nuestro intento de hacer el Camino cargado de toda su espiritualidad? ¿Lo debemos dejar en una ruta senderista de largo alcance en familia? No hemos mirado cuánto vamos a caminar y ya tenemos la cabeza forrada de un espeso papel celofán de color de nubarrones negros.

Vamos por partes. La generación de tus hijos desconoce casi todo de este itinerario cultural europeo. Les suena a caminar durante horas sin ton ni son. Que lo es, aunque no todo pinta en paleta de agujetas y ampollas. Por añadidura esta generación está habituada a organizar la agenda de sus padres. Es más, viven en constante alerta ante cualquier plan apellidado 'con niños' y emiten implacables juicios. No es para menos. Durante los primeros siete u ocho años les hemos dado teatro para ir con niños, viajar con niños, talleres de cocina o paseos en caballo, todo compartiendo esas escasas horas en las que podemos disfrutar de su compañía. 

La premisa es: fuera complejos. Organicemos las cosas con sentido común.

En mi caso el plan estaba decidido de antemano. Los sujetos de mi particular experimento iban a ser dos exigentes pero entretenidos mozos de once años. En nuestro hogar ya hemos pasado la delicada frontera de la infancia y entramos en la zona de nadie: la preadolescencia. Como tantos padres, vemos que las opciones de ocio para adultos les vienen grandes. Y mis hijos son gemelos, es decir, entes casi en autosuficiencia. Por resumir, eso dice su autorizada opinión.

¿Cuál es la edad mínima?

En un alto en mitad de las corredoiras del alto Lugo, Cristina, madre de dos hijas de catorce y once años, me confesaba desmotivada que casi se habían reído de ella cuando se lo planteó como posibilidad de vacaciones conjuntas. Terminó planteando su viaje a la capital del apóstol casi como una respuesta a sus hijas. Pero sin ellas, se lamentaba, cuando en realidad estábamos rodeados de una senda que discurría por un túnel de bosque casi diseñado en un parque temático. Un ejemplo de lo que se perdían las chicas, en eso estábamos de acuerdo. 

Mi capacidad de sacar algo en claro me llevó a reservar los desplazamientos y alojamiento meses antes. Cuando no había vuelta atrás, unas pocas semanas antes, se lo comuniqué a mis hijos. Decidimos que estas decisiones quedaran en manos de los adultos, por lo menos en asuntos donde se requiere algo más que una confrontación de padres a hijos. El Camino de Santiago no es elegir playa o montaña. Mientras miro las pilas de recuerdos, sellos de credenciales y las listas de material que cubren la mitad de la mesa, me reafirmo en que es un viaje que hay que preparar desde la experiencia previa.

Si quiere llegar al final del artículo con la sensación de que ha dado con alguna clave, olvide por un momento la mística del Camino. Olvídese de tomarlo como un reto deportivo o excursionista. Olvide los kilómetros totales o parciales que pueda sumar cada etapa. Olvide incluso la posibilidad de completar lo ideado. Quizá algo se tuerza y tenga que mostrar algunos reflejos sobre la marcha.

Lo imprescindible es...

Los pilares son un buen cuidado de los pies, llevar el alojamiento reservado y saber dónde vamos a transportar 'todo eso' que ahora aún nos parece imprescindible. Parece imposible que la sencillez se imponga pero, para caminar, hacen falta unos pies y toda la calma del mundo. Son unos mínimos asequibles. Siga leyendo, por favor.

El objetivo es evaluar primero si puede introducir a sus hijos en unas vacaciones diferentes, basadas en atravesar mundo. Hay que hacerlo uno mismo. A determinadas edades los chicos no saben sobre la utilidad de preparar una mochila, lavar unos calcetines y tenderlos, ni entienden aún que su autoestima se incrementará si aumentan su actividad física. Por lo tanto, sea usted quien aporta la sensatez y no caiga en contraargumentos frente a sus entrañables bestias.


Existe la posibilidad, claro, de que las ampollas, el aburrimiento o el tiempo lo desbaraten todo. Nunca olvide que seguimos hablando de niños, no de comandos. Descendiendo en nuestra primera etapa, camino de Triacastela, apenas iniciada la aventura, empezó a levantarse viento y lloviznar. Mis hijos notaron que aquello podía ser incómodo. Su primera reacción fue declarar que tenían frío. Veamos. Era la segunda semana de agosto y todo se reducía a abrigarse un poco más y perder altura. Estábamos en la montaña lucense. Serenidad, entramos en un albergue a añadir una capa más de ropa, y un par de chistes sobre la situación. Chip cambiado.

He de confesar que mi prole es más resistente que deportista. En casa siempre se ha visto gente con zapatillas de correr - hubo un tiempo en que incluso no existía la palabra running. Pero mis hijos se han criado en las opciones de deporte de ciudad: nadar, karate, baloncesto. Verá más adelante cómo no es tanto el deporte en que usted inscriba a su criatura como otros factores más relacionados con su modo de vida.

La logística

"¿Vas a dejar que tu marido lleve a los niños a andar durante una semana?" fue lo más suave que se oyó en el entorno adulto. Evitará estos comentarios, evidentemente, si pospone la idea de unas vacaciones en el Camino hasta que sus hijos cumplan dieciséis. ¿Esperará hasta entonces? 

Volvamos al meollo del asunto. En un mundo urbano sobreprotector donde cada tierno infante está rodeado en los columpios por un mínimo de dos adultos, la lógica de la aventura está descartada. Tampoco es necesario que unamos nuestro apellido a la lista de los Shackleton, Livingstone o de Cabeza de Vaca. Un Camino de Santiago del siglo XXI facilita todas las posibilidades pensadas para que usted pueda determinar su Camino a la carta, y así dotarlo del carácter que desee: religioso, cultural, festivo, con un jamón en el maletero del coche de apoyo o para practicar sus oxidados rudimentos idiomáticos.


Es mediodía del nuboso domingo y un grupo de Huelva (sí, son los del jamón) llena la calle. Son un ejemplo de cómo compartir Camino y vacaciones. Les pregunto y caminan con dos o tres niños de edades comprendidas entre los siete y los catorce años. Usan tres coches de apoyo pero es que son no menos de diez. Todos van participando de una u otra sección. Así nos los hemos ido encontrando en diversos puntos. Evidentemente los adultos caminan muchos más kilómetros y los coches acercan a los pequeños a aldeas, pastos con vacas o gallinas que picotean despreocupadas ante la oleada entusiasta de la ciudad. La escena se repetirá más adelante con otros grupos.

Más sobre sensatez

Diseñe una o dos de las más de mil opciones que encontrará. Hágalo comenzando por las más fáciles, que nos conocemos. Unas pocas etapas podrían bastar. Si los pequeños de la casa regresan de Santiago con una sonrisa y no con erosiones y llagas en los pies, en unos años podrá sugerirles regresar. Quizá ni siquiera sea necesario reclutarles para el Camino, pero sí le pierdan miedo a caminar por el mundo. Quizá su pareja se quede más tranquila en casa si es sensato. Quizá deje que usted se adelante con el mayor de los hijos ya que sabe que más adelante esperarán al pequeño y a su cónyuge con todo listo para una pausa reparadora. Y no hay una receta única porque todo lo que rodea al Camino ha evolucionado. Mucho.

La generación de los pioneros del Camino surgió de manera fulminante con la celebración del Año Santo Compostelano de 1993. Muchos vinieron contando que el concierto de Riazor había sido como un Woodstock moderno. Contaban que las tardes discurrian con sus sacos tumbados bajo un manzano charlando con otros peregrinos y que las viejas botas de montaña o los vaqueros te acompañaban hasta deshacerse en fragmentos. 

Ya no es así. Todo ha cambiado. De diez en diez años he podido comprobar cómo se han acomodado casas y chiringuitos. El Camino ya es un escenario familiar. Albergues, pensiones o alguna máquina de refrescos que otra en mitad del bosque. Todo ha evolucionado hacia la comodidad. Hay bares y paradas con sombra. Ya no es necesario buscar alojamiento a ciegas sino que todo se puede llevar reservado desde casa. Hay compañías que portean los bultos más pesados de su equipaje. Se terminaron las palabras de la descripción del códice Calixtino y de los tipos "armados con dos o tres garrotes, que salen al paso a los peregrinos arrancándoles por la fuerza injustos tributos". Diseñe bien el viaje que, luego, uno se siente generalmente bien tratado.

Mejor, acompañados de más niños

Ha amanecido en Pedrouzo entre ruidos de cremallera y beeps y luces de las pantallas de los teléfonos móviles que sustituyen las viejas linternas y lámparas frontales. Desde ese momento, mis pequeños peregrinos se han puesto a charlar de sus asuntos. Seis horas más tarde llegamos al Monte do Gozo. Se ve Santiago al fondo y sigo oyendo a mis acompañantes metidos en sus conversaciones. No me han hecho el menor caso, por fin, durante quince kilómetros. Apunte este consejo: no cometa el error de llevar a un infante más solo que la una. Que charle con otro de su liga. Usted es el apoyo logístico y se dirigirán a su persona pidiendo agua, un descanso o comida. Con eso está bien; es su responsabilidad.

Si la unidad familiar se ha quedado anclada en un hijo, invéntese un segundo. O lleve un amigo de confianza. Dos chicas pueden charlar durante kilómetros sin fin mientras el suministro de entretenimiento sea privado. No se meta. De lo contrario, el adulto está atado a bregar con menores que discuten a la greña más que conversan. Normal, les falta el hábito y usted debe mantener el tono.

Previendo broncas con mis chavales de manera sistemática, pensé que viajar durante una semana por Galicia debía pasar por un principio de convivencia: las conversaciones y los aspectos del Camino de Santiago que me parecen interesantes podrían no serlo para mis chicos. No es que recomiende mantener en la ignorancia a unos niños sobre qué es el románico. Juraría que he intervenido bastante en invitarles a saborear una de pulpo, a fotografiar algunos hórreos o pararnos a mirar si una vaca era rubia gallega o frisona lechera.
Aún así, era la minoría del "dos contra uno". Digamos que les embarqué en una interesante paliza y a cambio les he prestado el mando del entretenimiento.

Cada conversación entre adultos o pensamiento íntimo, hasta pensar en cómo podría redactar yo estas líneas, se veían interrumpidas por pensamientos-avalancha donde mandaba Jake, de Hora de Aventuras, cómo grabar películas con la cámara de fotos o cócteles sin alcohol para una fiesta de cumpleaños. Me han bombardeado con diálogos y capítulos enteros de sus series favoritas. Han cantado en bucle infinito sus canciones y me han metido en chistes preadolescentes y chorradas durante horas. Han hecho fotos y vídeos y han hablado por los codos de lo que más les apetecía. 

No puedo quejarme: a cambio, se olvidaron de los temas espinosos como cuánto queda, la sed o el dolor de piernas. Al tercer día la dinámica estaba establecida y ellos se buscaban para meterse en sus historietas. Es probable que un grupo de críos todavía mayor arroje resultados todavía más interesantes. Juéguesela con medidas de precaución por medio, salvo que viaje con una familia numerosa o comparta con más adultos esas tareas. Recuerde, antes de plantear un viaje así, que su papel estará a medio camino entre ser pastor de cabras y monitor de tiempo libre.

Y, por fin, qué hacer con la ropa y el calzado

Se ha escrito mucho sobre el calzado para caminar. La industria desarrolla mil variedades. Nunca estrene ni haga que sus hijos sucumban a un calzado nuevo. Prepárese porque alguien sugerirá o regalará equipamiento para que los chicos estrenen algo en el Camino. Pero sus críos pasan el curso entero machacando zapatillas estándar. Si funciona algo, ¿por qué cambiar a los modelos de montaña? En mi caso los angelitos comparten ya mi número de pie así que todas mis zapatillas de running han sido duramente sometidas a su rutina.

Invierta asimismo en otras dos sencillas y económicas cosas: calcetines con cierto grado de elasticidad y crema hidratante o vaselina. La fricción de una piel delicada sobre un tejido o un calzado no producirá ampolla si esa piel está bien hidratada. Sus hijos le mirarán raro el primer día que reboce sus dedos y planta del pie con vaselina. Ignórelos y opere con decisión porque están confiando en su experiencia. Recuerde que el adulto es usted.

Algo parecido pasó cuando mis gemelos peregrinos divisaron el primer capote para la lluvia. Recubriendo una figura con joroba, más que un mochilero que se guarecía del viento parecía un personaje de la factoría Disney. Si viaja durante el verano norteño, en realidad, necesitará poco más que un chubasquero largo o un capote. Las piernas pueden ir al aire pero los dos tercios superiores han de mantenerse secos y ventilados. La mochila es necesario que también se mantenga seca. De todas maneras, créame si le digo que las temperaturas no descienden tanto como para arrasar el lineal de senderismo de su tienda favorita. 

Todas las demás prendas, de verdad, están sujetas a una planificación normal. Muchos caminan con todo encima. Otros muchos, más cada año, depositan los bultos más pesados en las manos de compañías de transporte. En la cabeza de cada adulto está el convertir su mochila en un baúl con lotes de ropa por día o en pasar la tarde lavando a mano dos o tres prendas para cada miembro de la familia. Cepillo de dientes, pasta, champú, sandalias y la documentación será poco más de lo que le haga falta para completar el lote.

Si no tiene ni idea, pregunte a alguien que lo haya hecho antes. En caso que esto le despierte más dudas que certezas, un consejo último: experimente. Pase un día por su ciudad con todo lo que cree necesario metido en una mochila. Nadie escarmienta en cabeza ajena. Se lo aseguro mientras redondeo este párrafo y miro dos pares de calcetines que han regresado sin estrenar. Y prometo que pequé de espartano. 

Solo me queda desearle que se anime a embarcar a sus criaturas y, ante todo, como reza el saludo entre peregrinos, buen camino.

Luis Arribas es 'runner', bloguero y escritor. Su último libro es 'Periferia negra'. Si tienes más consultas, escríbele a través de Twitter: @_spanjaard