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lunes, 28 de abril de 2014

El Camino de irás y volverás

En el otoño del año 2008 aún vivía en Santiago. Intrigado tras ver durante años los hinchados tobillos de tantos peregrinos de toda clase y condición decidí caminar hasta Fisterra para descubrir qué magia los atraía desde todos los rincones de la tierra. Sesentón ya, dos subidas al Pedroso fueron todo mi entrenamiento.

Yo ya conocía bien la Costa de la Muerte, tras haber investigado y narrado sus grandes naufragios decimonónicos. Caminar hacia ella, rebosante de las historias que conocía tan bien, enriquecía y sazonaba la visión del paisaje que me aguardaba tras coronar las alturas sobre Logoso y Hospital. Al sur el mítico Monte Pindo, a cuyo pie se había hundido el lujoso trasatlántico Great Liverpool en 1846, con el saqueo del paisanaje y el suicidio de su capitán. Al norte, Camariñas y el Cabo Vilán, con el drama del Serpent en 1890, el más recordado de los naufragios de esta costa, y al oeste, Fisterra, en cuyas profundas aguas yace el acorazado Captain desde 1870, con casi 500 hombres atrapados en su interior, el mayor cementerio submarino de Galicia. También rememoraba el viaje del insumergible George Borrow, don Jorgito el Inglés, en 1837, que con sus biblias protestantes se había librado de ser linchado por los habitantes de Fisterra gracias a la intervención del gigantesco Antonio de la Traba, El Valiente, que le contó que había visto morir a Nelson como grumete prisionero a bordo del Victory en Trafalgar. Y antes que el inmortal autor de La Biblia en España, las tristes escenas de la destrucción de Corcubión por las tropas del mariscal Ney en 1809, tal como las narró Basil Hall, oficial a bordo de la fragata inglesa Endymion, que se libró de milagro de ser capturada por los franceses. Conocer los dramas ocurridos en el paisaje que visitamos lo transforma y engrandece.

Mochila al hombro, a los cinco minutos de salir de casa rodeé la catedral: «Ya he terminado el Camino de Santiago, el cristiano -me dije para animarme-, ahora solo me queda llegar al mar, el camino pagano». Así comenzó mi nueva vida como peregrino y enamorado de estos tres o cuatro días que separan Compostela del cabo del fin del mundo. 

Hasta nueve veces lo he recorrido en su integridad, haciendo amistad con peregrinos, paisanos, hosteleros, cazadores, un anciano pastor de cabras surcado de arrugas bíblicas y algún que otro perro guardián. Y he caminado hasta las generosas comidas del Mesón de Alto do Vento, o hasta Negreira, ida y vuelta, en un sinfín de ocasiones más. 

De Ponte Maceira se puede decir que, ahora que he hecho el Camino francés desde Roncesvalles, es el cruce sobre un río más hermoso de todo el Camino, con permiso de Puente la Reina en Navarra. «Pasa río pasa, y enséñame a pasar» escribía Pessoa. Y al caminante le cuesta pasar y dejar el Tambre caudaloso en Ponte Maceira.

He llegado a Fisterra crucificado de ampollas las primeras veces, solo o acompañado de familiares, amigos ajedrecistas o antiguas compañeras de carrera de mis años irlandeses a las que no veía desde hace décadas. Bajo un sol deslumbrante o empapado por alguno de los peores temporales de estos años. Y siempre he deseado volver.

He conocido gentes: Zoe, la joven inglesa que había dormido una noche de ensueño en las alturas de Logoso bajo el viento y la lluvia en su andrajosa tienda de campaña, escuchando el hozar de los jabalíes alrededor; o el chaval húngaro que iba al fin del mundo sin dinero, confiando en la hospitalidad del Camino, para demostrarle a su chica que su amor era serio, pero que había descubierto en el trayecto que amaba realmente a otra; o la danesa que me confesó que en un arrebato de despecho había gritado con tal fuerza que la pantalla de su televisor reventó; y a amables gentes de la tierra como Antonio y su encantadora Casa de Logrosa; la parlanchina señora Concha de Ventosa; Pepe, el jovial dueño del Hotel Larry de Cee; Jose, alcalde fisterrán y gran conocedor de sus naufragios; o aquella mujer de una aldea casi deshabitada que, al ver que intentaba poner fin a su monólogo tremebundo en el que me narró todos los dramas del lugar, aliñados de incestos y violencias, me recriminó: «!No se vaya que aún no terminé!».

Juan Campos es escritor. Autor de la obra Náufragos de antaño, él ha sido uno de los grandes promotores del homenaje a los náufragos del Serpent, en particular, y a los náufragos de la Costa da Morte, en general, que cada noviembre, desde hace años, se tributa en el Cemiterio dos Ingleses camariñán.

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