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viernes, 8 de noviembre de 2013

SE HACE CAMINO AL ANDAR


 A mitad de septiembre pasado tuve la fortuna de hacer realidad uno de mis sueños más anhelados: recorrer, a pie, parte del "Camino de Santiago", de León a Santiago de Compostela, en el norte de España. Fueron 310 kilómetros, en trece extensas jornadas.

Se caracteriza este camino como una experiencia de austeridad, no sólo por el liviano peso que se lleva a las espaldas y el dinero que va en los bolsillos, sino también por la renuncia a las comodidades que usualmente tenemos. Es un regreso a lo elemental y a lo público, porque allí no se tiene el privilegio de la privacidad a la que acudimos como escondite. Por unos días, es desconectarse de los estereotipos que colman nuestra agenda diaria, para volver a lo primigenio: el camino, la tierra, el horizonte, el viento, la brisa, los atardeceres de tan variados colores.

Cuando uno empaca, tiene la idea de qué puede ser ligero, pero cuando emprende el camino y este se hace largo, encuentra la dimensión exacta de lo que eso significa. La sensación de ligereza es antagónica con la cantidad de trebejos que siempre lleva en hombros y los compliques que se pone en la vida. Uno tiene la sensación inicial de lo que lleva en el morral, lo material, pero siente que carga otros fardos más fatigosos en sus ideas y en su corazón.

Por eso, aunque los pies fueran hacia adelante, se hacía otro camino hacia atrás, para olvidar, para sanarse, para despegarse, para cicatrizar.

Pero la meta no estaba en Santiago de Compostela, sino en la llegada a mi hogar, donde me esperaba la última lección. Ya había soltado mi morral, y la vida me hizo soltar mi casa con todas sus cosas. Otra vez el camino me dio la lección de ese ejercicio de desprendimiento que es preciso tener con lo que nos viste, incluida la casa, para ser lo que realmente somos.

Cuando viví lo ocurrido en el edificio Space, tuve la sensación de que lo más valioso de mi espacio no era el menaje de costosas facturas, como los muebles, los electrodomésticos, incluso, el apartamento mismo, sino las cosas pequeñas, los papelitos, fotos, nimios objetos, seguramente insignificantes para muchos, con los que construí mis sueños y había vestido el corazón. Supe que cambiaría todos mis enseres por lo que me cupiera en una mochila: los recuerdos y objetos diminutos que tejieron mi vida.

También entendí que lo ocurrido con los que allá perdimos nuestros enseres, incluso los recuerdos más entrañables, es insignificante, comparado con las desgarradoras historias de los que allí quedaron sepultados, y dejaron intensos dolores, de por vida, para sus familias.

Lo inevitable es que no sabemos nada del día próximo, que no hay sendero trazado, y se hace camino al andar.

Fuente: elcolombiano.com

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