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sábado, 9 de febrero de 2013

A Compostela en avión, y sin peregrinar

Eduardo Posada Carbó:

"Dejé Santiago con cierto sentimiento de culpa, mientras mis ojos de intruso seguían los pasos de los peregrinos que descansaban. El aeropuerto se mantenía casi vacío. Aquella soledad parecía un monumento simbólico en honor de los caminantes"

"Aquí llueve siempre", me respondió el taxista cuando le pregunté por el clima de Galicia. Serenaba. Y la neblina no permitía apreciar el paisaje mientras cruzábamos las montañas rumbo a Santiago de Compostela, desde un aeropuerto moderno y casi vacío. 

A Compostela no se suele llegar en avión. Es, desde tiempos remotos, uno de los destinos favoritos de los peregrinos del mundo cristiano. Y los peregrinos llegan a pie, por el camino de Santiago. El llegar en avión parecería pues como una herejía. Más aún si el motivo de la visita no es la adoración de la tumba del apóstol Santiago, como todo buen peregrino, sino participar en una conferencia académica.

"El dueño del viaje a Santiago y verdadero dueño de la ciudad -observa Suso de Toro- es quien peregrina" (El Camino de Santiago, La ruta celeste: Lunwerg Editores, 2010).

Además de herejes, intrusos. Quienes no peregrinan podrían tener en principio razones para sentirse incómodos, sobre todo si se alojan en el Hostal de los Reyes Católicos, el magnífico Parador español construido originalmente como hospital por Fernando e Isabela en el siglo XV. Allí, los 10 primeros que completan el Camino de Santiago, con credencial de la Compostela, son bienvenidos con la buena costumbre de tres comidas gratis.

Sin embargo, la extraordinaria hospitalidad de Santiago cubre a peregrinos y no peregrinos. Y una breve visita a Santiago despierta el apetito, no sólo por la exquisita comida gallega, sino por explorar la ruta de los peregrinos.

Son varios los caminos a Santiago, pero el más conocido y tradicional es uno descrito en el Códice Calixtino del siglo XII, que atraviesa los Pirineos por Roncesvalles y pasa por Pamplona, Burgos y León antes de su destino final en Compostela. Se le conoce como camino Francés, por su punto de origen, en una ruta que se extiende 800 kilómetros.

Las peregrinaciones a Compostela anteceden a la publicación del Códice Calixtino. Sus trayectos, como lo relata Arturo Soria y Puig, eran "numerosos", "con sus correspondientes vías, estaciones y señales".

Quienes iniciaban el viaje desde Irlanda o Inglaterra se embarcaban inicialmente en una "peregrinación marítima". Puig trae a cuento un relato del siglo XV de William Wey, quien al llegar desde Plymouth a La Coruña observó más de 80 barcos procedentes de varios rincones del norte de Europa: "En el lapso de unos pocos días habían desembarcado allí unos 4.000 viajeros".

Puig ofrece un atractivo relato de los más diversos caminos que conducen a Santiago, incluidos los provenientes de Portugal y Cataluña, desde donde partió el abad Cesáreo en el año 959, uno de los "primeros peregrinos cuyo nombre se conoce". 

Hoy, los caminantes son quizás más turistas que peregrinos. Pero unos y otros gozan por igual los encantos de extraordinarios paisajes, rurales y urbanos, a lo largo de las diversas trayectorias, desde los altos de los Pirineos hasta llegar a la plaza de Obradoiro y así cumplir con la peregrinación, en la tumba del apóstol. Los que aún tienen energía siguen hasta el cabo de Finisterre, "la Finis Terrae romana", como lo describiera Albert Ollé Martin, "el fin del mundo civilizado en la Antigüedad".

Hay de todo en los caminos hacia Santiago. Viñedos y olivares, puentes y calles medievales, y curiosidades arquitectónicas, como los hórreos, sitios de almacenamiento de granos. Y hay fuentes de aguas públicas para calmar la sed de los caminantes.

Dejé Santiago con cierto sentimiento de culpa, mientras mis ojos de intruso seguían los pasos de los peregrinos que descansaban en la plaza do Obradoiro. El aeropuerto se mantenía casi vacío. Aquella soledad parecía un monumento simbólico en honor de los caminantes.

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