Días para el próximo año Santo

jueves, 27 de septiembre de 2012

Diario desde Ostabat (Francia)

Escrito por Geofroi de Buletot



Ostabat
27 de marzo de 1.381

Acabo de entrar en esta hospedería de San Nicolás, en Ostabat. Pertenece al rey de Navarra. Se cobran muchos peajes a los peregrinos; tanto por estos pagos como en San Juan de Pie del Puerto, se nos ha cobrado de manera indignante. Acuerda la ley que ninguno de los jacobistas que vamos a Compostela tengamos que pagar portazgos. Solamente los mercaderes; pero lo que he visto hoy es abochornante. A uno de mis compañeros le han registrado los calzones, porque dijo que no tenía dinero con que pagarles. Por otra parte nos han soplado el triple más de los que debieran. Todo el mundo clama por la injusticia de estos impuestos, al entrar en este lugar del reino de Navarra. Algunos de mis compañeros han sido dardeados y hasta insultados.
Ibañeta
28 de marzo de 1.381

 No salgo de mi asombro y he de dejar constancia escrita en este diario de "bitácora", digo de peregrinación: Los portazgueros son unos soeces, y nos chupan todo lo que pueden, hasta injuriarnos. No se me había olvidado todavía lo de Ostabat, cuando ahora he de relatar escenas vergonzosas; en San Juan de Pie de Puerto, en San Miguel y, en general, en los pasos difíciles del Cisa, nos clavan los portazgueros hasta deslomarnos injustamente.
Ya no es poco la impresión de abatimiento y de miedo que da la presencia de los montes Pirineos, como para que se añada la catástrofe de estos abusos, que tanto dañan la oración peregrinante de nuestros pasos. No me han servido de nada los salvoconductos extendidos por Pedro IV a mi nombre. En San Juan de Pie de Puerto se nos ha presentado la leyenda de Carlomagno. Unos de los guías, después de pagar la alcabala, comentaban sobre el velatorio que organizó Carlomagno en fúnebre honor de sus Doce Pares muertos. Lo que más me gustó, entre lo que contaba el buen cicerone de la montaña, fue lo de las teas que lucieron toda la noche teniendo como candeleros los miles de lanzas de los soldados del gran emperador de Aquisgrán. Me he fatigado enormemente al ascender por el rio Valcarlos, buscando los lugares menos nevados y escarpados. Yo he subido el largo puerto de Cisa con más diminuta preocupación que antaño. Resulta que, quizá por el habla de sus habitantes -son vascos-, esta gente impone fiero horror. He podido comprobar, Velay, algunas amabilidades en Garoscaray y en Gaorqueta, donde pedimos, como mendigos, como peregrinos; y obtuvimos panes y nos calentamos al fuego para reponer fuerzas. Uno de mis compañeros dice haber leído en el "Liber santi Jacobi" que los vascos acostumbran a desvalijar a los peregrinos de Santiago y que cabalgaban sobre ellos, como si fueran asnos y los mataban. Lo que si es cierto es aquello de Ricardo Corazón de León, exigiendo a los señores de estas tierras poner todo su empeño en la defensa de los "romius".

Roncesvalles
29 de marzo de 1.381

Me he quedado hecho añicos por el acogimiento que a los peregrinos de todas las naciones se nos hace en esta hospedería de Roncesvalles.
Había oído contar de ella, pero la realidad supera la imaginación. Aparte de la ermita que rige el "Santero" de la campana, en el Monasterio te reciben con alegría inusitada. Para estos monjes el peregrino es Cristo. Lo dice, y te tratan como a tal. En un poema sobre Roncesvalles, titulado "Preciosa", ya se lee:
"La puerta se abre a todos, enfermos y sanos;
no sólo a católicos, sino aún a paganos;
a judíos, herejes, ociosos, y vanos;
y más brevemente, a buenos profanos.
Me ha maravillado, la verdad. A las puertas del Monasterio se halla apostado un monje, que ofrece pan y vino a los que pasan y no desean entrar, que son bien pocos, cuando se encuentra con tanta facilidad. Fijaos bien. ¿A quién digo yo "fijaos", si escribo para mí mismo? Al traspasar la puerta, mandaron quitarme las botas gruesas, e inmediatamente me lavaron los pies con sal. Luego un monje, haciendo de rasurador, me arregló la barba, que tenía descuidada desde el día en que salí de París, y me quitaron los "abuelos" que me crecían abundosos en el cuello. Me cogieron los botos y se los llevaron al zapatero. He sido testigo de las atenciones que se gastan con los enfermos.
Peregrinos hay que llevan hospedados hasta un mes. No los sueltan si no están bien repuestos. Y con ellos puede permanecer, sin que les cueste un cuarto, sus familiares o algún vecino que los acompañara. La comida que nos dan en el refectorio es muy buena. Las mujeres no se han reunido a cenar con nosotros. Ellas viven en otro edificio aparte. Durante la comida, nos leen un libro piadoso sobre Santiago Apóstol. No sólo los lechos de los enfermos son buenos, sino además los de los demás, cubiertos con sábanas, con jergón, mantas y repostero. Puedo permanecer durante tres días sin que me cueste un ochavo.
Me dieron para comer: un pedazo de pan de seiscientas onzas, media pinta de vino y, como es cuaresma, nos han colocado sobre el plato "abadejo, sardinas, huevos y queso, con caldo y legumbres".
Nos han tratado a cuerpo de rey. Y eso que la cuaresma ha evitado pitanza de caldo y carne. Si uno no alcanza la satisfacción de la legumbre, puede repetir. Está permitido. ¡Claro que hay picaresca! Como la de quienes llenan su calabaza de vinillo riojano, pendiente del bordón de romero, en previsión de futuras jornadas. La hospitalidad de este monasterio contrasta con la pobreza de lo circundante. Es un paraíso en medio de los lugares más fieramente apartados.

Pamplona
2 de abril de 1381

Escribo desde la gran Alberguería, junto a la catedral. Bajé por Viscarret desde Roncesvalles. Me avisó que estábamos a punto de costear Pamplona al pasar por Villaba. Del hospital me habló un vecino de París. Estoy contento, después de las nueve leguas, por hallarme en esta hospedería.
Me di unas vueltas por la calle, y me halle inmergido en el colorido de San Fermín y el Burgo Nuevo -o San Nicolás-, donde residen franceses. Al mediodía de ayer, cuando bajaba por Larrasoaña, me dieron pan abundante y gratuito, y llené de vino la calabaza. El día ha clareado mucho. Un gran chubasco me toca recibir entre Idoy y Anchoriz. En la Alberguería de Pamplona encuentro a cincuenta peregrinos bajo el mismo techado: cuarenta hombres y ocho mujeres. Alguno de ellos era albano.
Por cierto que si no me falla la memoria, he topado con gentes de mucha condición, dentro de este edificio: un copero, un camarero, varios escuderos, un caballero, dos médicos, un doncel, un escudero de mesa. Pregunté por sus nacionalidades y, si no me queda alguna en el tintero, eran polacos, catalanes, burgueses de Gante, napolitanos, alemanes, húngaros, loreneses, flamencos, saboyanos, tolosanos, provenzales, sicilianos, boloñeses y hasta un etíope -cura recién cantado misa- que viene de Roma, y lleva un salvoconducto del rey de Navarra para que se le abran las puertas del reino. Se le faculta para pedir limosna.
Algunos de los que circulaban por Pamplona son los que ya vuelven de Santiago; emocionados, eso sí, llevan, en el zurroncillo, alguna comida para el ascenso a Roncesvalles; y en la calabacilla su poco de vino. Son labradores que se cubren las mucetas de peregrino, con conchas, compradas en el "paraíso" de Compostela. Se hacen muy simpáticos cuando transitan con las plumas de gallo y de gallina que han comprado a los buhoneros de Santo Domingo de la Calzada.

Estella
3 de abril de 1.381

Hoy he querido entrar en el hospital de San Lázaro, que se sitúa a la entrada de Estella. He de recoger, en mi cuaderno de andar y ver, las impresiones de la jornada de Pamplona hasta Estella.
Charlé largamente con algunos compañeros. Me entendí con guías que van acompañando a nobles peregrinos. Nos pusimos a hablar sobre el tema de aquellos que no hacen la peregrinación por verdadera devoción, sino por pasatiempo y por galloferia. Mi interlocutor, que entiende el Camino francés, los tildaba de vagabundos, inútiles, enemigos del trabajo, holgazanes y baldíos.
Yo no me podía figurar que hubiera seres que se visten a diario la media sotanilla, se colocan la esclavina, se echan a modo de alforja un zurrón al lado, se apoyan en su bordón, se juntan con una daifa, gayamente vestida de romera y a vivir a cuenta de la peregrinación.
Por cierto, hasta llegar a Logroño hay que guardarse de los ríos malos y venenosos, tales como el de Torres de Sansol y el de Cuevas. Ya llegaremos al río Salado. Poco a poco hemos ido llegando a Puente la Reina, donde hay dos hospitales y un puente mandado construir sobre el Arga por doña Mayor. En el hospital del Crucifijo nos hubiéramos detenido, de no hacérsenos corta la jornada, ya que podíamos haber pasado buena noche. Veo elevarse hasta mis labios el buen vaso de leche con nata espumante que suelen entregar a los peregrinos.
De estos lugares no se suelta, como una niebla adherida, la leyenda de Carlomagno, que según parece luchó contra Agiolando, de creer al "Códex Calixtinus", es decir al "Falso Turpín" -¡el gran libro de viajes y de propaganda, a escala europea!-. Puede verse junto al puente de seis arcos, el pajarillo que tanto llama la atención de los naturales. Limpia, con sus alas -bajando constantemente a cargarlas de agua-, a la Virgen que preside el puente, y ante la que nos hemos parado un rato, pidiéndole ayuda en nuestra peregrinación a Santiago.
La tarde se nos iba echando encima. Después del vaso de leche, en Puente Larreina, nuestro paso por el río Salado despertó curiosidad. Se decía de él, en los antiguos itinerarios del siglo XII, que estaba envenenado. Resulta solamente que el agua está salada y no engaña a nadie, pues lo dice el topónimo fluvial. Hay buen puente en la actualidad, pero hace doscientos años era bien distinto, de creer al obispo de Puy, Aymerico Picaud; lugar muy pacífico y concurrido ahora:
"cuando íbamos a Santiago, encontramos en su orilla a dos navarros, afilando sus navajas, según costumbre para degollar las bestias de los peregrinos que beben de aquella agua y mueren, los cuales a nuestras preguntas dijeron, mintiendo, que era sana para beber; dimos de beber de ella a nuestros caballos y, al instante, murieron dos, y en el mismo lugar los desollaron"
Me parece a mí que el autor de estas palabras tenía obsesión contra los "navarros". Al poco andábamos por Lorca y pronto ganábamos Villatuerta, y a un lado Estella, lugar en el que escribo mis impresiones de hoy.
Lo que más favorablemente me ha golpeado es que, en todas las etapas del Camino, se han creado hospitales para los "malatos" o leprosos, bajo la advocación de San Lázaro. Estoy hablando con el hospitalero. Me enseña la carta dirigida por el alcalde en 1302, dentro de este mismo siglo, erigiendo el lazareto para leprosos y leprosas,
"en el camino francés por donde pasan muchos peregrinos y muchos bonos christianos que van a synnor Santiago, de los cuales allí acaecen y a los que no traen espensa proveenlos del comer y del beber"
Cuidan con gran caridad cristiana a los leprosos. Se entiende por leprosos a los que habrán de ser llamados enfermos de pelagra, de escorbuto, de la acrodinia, del lúes, del herpetismo y otras dermatosis.
A algunos de tales hombres y mujeres, con las caras tapadas, los he visto circular por el camino romero, con miedo y dignidad; no quieren hablar con nosotros, porque piensas que nos pueden infectar. Acuden a Compostela, en espera de curación por medio del Señor Santiago.

Nájera
4 de abril de 1.381

Hoy mi recorrido ha sido largo, pero realizado cómodamente, merced a la caballería que alquilé en Estella. ¡Mis buenos cuartos me costaron alquilársela a un nativo! Desde ella contemplé "Estella, la bella" saliendo para el Monasterio de Irache; antes de recorrer el camino, di vuelta por la ciudad y charlé con la gente. Es un pueblo nuevo, muy comercial, donde el peregrino es bien recibido, sobre todo si es francés como yo. Me dieron pan, vino, carne. La ciudad está situada junto a una roca. El río provoca fresco ambiente.
Y es delicioso vivir aquí. He visitado el hospital de San Nicolás, donde se hospedó, yendo hacia Compostela, el obispo de Padrás, en Acaia. Y donde murió también. Nadie habría conocido que era él, de no haber sido por las luces que vio un sacristán. Verdad que la probé, porque estos tragos son parte de la vida del peregrino. Por aquí las leyendas cluniacenses, como vasta operación turística, se han apiñado para decir cosas entre Roldán y Ferragut. Y nada legendario es que fue preso el abad de Sahagún de tal manera que "no nos fue permitido que paciésemos en otra parte sino ante el lecho, en el cual el señor de la casa con su propia mujer yacía"; no hemos de ocultar que hace setenta y tres años "Drocón de Meldis, preboste de Estella", anduvo persiguiendo a Johan de Londres, que había robado a peregrinos, mientras dormían en el Hospicio de Domingo, llamado "el Gallego".
Los hurtos en las posadas no eran infrecuentes. A veces los propios posaderos las provocaban, otras eran cometidas por profesionales, forzando las puertas, pero nadie sabía a ciencia cierta, si con el consentimiento de algunos albergueros. En Estella, cuando el peregrino nota que le falta algo, si acusa a los hospederos, han de defenderse éstos "por juicio de batalla".
De los sucedidos de ladrones, en las posadas, se cuentan mil historias. Determinadas mujeres de la vida airada entran a dormir con los romeros -struprandi causa- para desvalijarlos de la escarcela. De lo bien abastecida que para los peregrinos resulta Estella es buena indicación la que resulta de la visita del gobernador de Navarra que se hospedó en el "hotel dou Rey Chandolille", con 120 peones y varios caballeros. El hartazgo que se pegaron es de los que marcan época, fuera de parsimonia gastronómica: diez espaldas de carnero, 4 gallinas, 13 perdices, 8 carneros, 28 sueldos de tocino, 3 gansos, 16 pollas, 1 puerco, 3 gansos, de azúcar, 2 de jengibre y 2 de arroz y garbanzo. No es la comida del peregrino vulgar y moliente la que ahora confiaba al papel en estas menudencias; es que, con el cansancio, se me hace la boca agua, de tanto goliardesco dengue. Al fin, salimos por Rocamador, iglesia muy favorecida por Sancho el Fuerte, a la que otorgó las rentas de la carnicería vieja de Estella. Desde la salida de Irache ha soplado un viento fuerte que facilita el camino a mi cabalgadura. Irache, con su monasterio y su castillo altivo de Monjardín, me coloca en trance de contarme otras cosas; pero ya que queda muy poco tiempo hasta que se cumpla la hora de la cena. No debo olvidar la situación de Viana -reunión de ocho aldeas- último pueblo de Navarra, como oteando a Logroño, primera población de España, perteneciente al rey de Castilla. Es necesario cuidarse mucho de los que tratan de hacerte mal cambio de monedas, ya que aquí pululan los cambistas judíos, usureros, y se dejan los cornados, y comienzan a ser valederos los maravedises. Hemos pasado por aquel puente del Ebro, que se parece a los grandes ríos de Francia.

Burgos
6 de abril de 1.381

La jornada de hoy ha sido sin duda la más larga en cuanto a leguas: Nájera - Burgos. Por eso he llegado tan tarde y me pongo a escribir a la mañana siguiente, antes de salir a dar una vuelta por la Cabeza de Castilla. Me ha mareado la jornada de ayer. Atravesé ríos y montañas, recorrí lugares que ponen devoción, como son: Santo Domingo de la Calzada y San Juan de Ortega. He comido setas en los Montes de Oca, después que fui desvalijado por unos bandoleros o ladrones ingleses. Ordenemos, pues, el relato, para que salga cada cosa a su tiempo. La alberguería de Nájera depende de la Iglesia de Santa María; a la salida dirigí mis pasos por el hospital de la abadía, y me desvié hacia la iglesia de San Francisco. Había contratado antes, con un mozo de espuelas, la caballería que había de dejar en un corral de Burgos.
De la alberguería de los pobres de Nájera se dirá -a pesar de los robos a que fue sometida por varias veces-, lo mismo que del monasterio cluniacense del que dependía:
"Allí dan de grado por amor de Dios en los hospitales y tienes todo lo que quieres. Excepto en el hospital de Santiago, toda la gente es muy burlona. Las mujeres del hospital arman mucho ruido a los peregrinos, pero las raciones son muy buenas."
Me han hablado algunos peregrinos de lo compensador que resulta subir hasta San Millán de la Cogolla y, de paso, retornar al camino por el pueblo de Berceo, donde hasta hace poco, vivía un clérigo, buen rimador de temas referidos a los que al Apóstol de España van en romería. Desaparece el recuerdo de Carlomagno, para dar consistencia a la figura de Fernán González, tanto en Curueña como en Valpuerta. Al llegar a Santo Domingo de la Calzada se toca el río Oja. Nada más construir el puente, se elevó una hospedería. No se respira otro aroma que la presencia de aquel santo constructor de puentes junto con el de su discípulo Juan de Ortega.
En Santo Domingo me hablaron del caballero francés, poseso del "diablo", que camino de Compostela se libera de él en un rincón de la Calzada; además llegaron a mis oídos los dichos sobre Bernardo, el infeccioso purulento que se cura de la lepra, o peregrino normando que queda bien del ojo doliente. Nadie que pase por aquí dejará de visitar en la catedral el gallo y la gallina blancos, descendientes de aquellos otros que estaba comiendo el juez de Santo Domingo, en el momento en que el padre del muchacho normando -ajusticiado por la acusación de robar una copa de plata en el hostal de este pueblo- fue mantenido con vida por Santiago, no obstante hallarse en la horca, encaramado en la picota del pueblo. A la vuelta del viaje de Compostela, sus padres lo encuentran con vida; entran impetuosos en casa del juez, cuando engullía un buen plato combinado de ballo y gallina -¡Que vivan y cacareen y kikiriqeen esta aves del corral, si lo que me decís es cierto!- y, zás, se emplumaron de nuevo el pollo y la gallina asados. En recuerdo de tal milagro jacobeo, se conserva un par de gallináceas dentro de la catedral. Yo también, como otros, tomé varias plumas para colocármelas en mi sombrero de fieltro de ala ancha, que me protege contra el sol y la lluvia. Cada siete años -si no se mueren antes-cambian los animalitos por otros. A lo que ya no me presté fue a alargarles, por ver si picaban, unas migas de pan, colocadas en la punta del bordón, como es usual entre los más supersticiosos. Dicen los crédulos que eso da suerte para llegar a Compostela.
Grañón, Villarta, Redecilla del Camino, Belorado, Villafranca, nos conducen ariscamente a los Montes de Oca. Antes de llegar a San Juan de Ortega fuimos sorprendidos por profesionales del hurto, ingleses que nos robaron. Lo único que nos dejaron de valor fue el caballo. Despojado de la escudilla, se me escurrieron todos los lises y florines. Tendré que ir mendigando hasta Compostela. No pocos lo han ensayado con éxito antes que yo.
No sé si será Thomas de Londres el que nos desvalijó. Lo indudable es que se me vinieron al magín las historias recientemente sucedidas, referentes al inglés Odín de Merry, que se hacía amigo de los romeros y acudía con ellos a las posadas para salir de tapadillo a medianoche con el victorioso producto del robo. Lo mismo que a Londres, le tocará ser llevado a la horca este otro inglés que
"de noches que dormía en su lecho, seis florines de oro que le descosió de la manga de la saya e assí lo manifestó"
Y eso se lo hizo a un romero jacobita. En la Baja Navarra fue hecha justicia
"de dos ladrones que robaron ros rumeos alemanes en el hospital de Izuat, de los cuales el uno fue enforzado, el otro azotado y desorellado"
Tuvimos suerte porque no nos dieron brevajes, como a otros, para dormirnos y reducirnos a inactividad. Eso suelen hacer después de sacarte la conversación de la sed. Te ofrecen un potingue y caes sin sentido. Era también inglés, y por estas tierras fue ahorcado, aquel que "daba yerbas a los romeos a beber en los caminos e se adormecían y así los robaba" . El que nos desvalijó, lo hizo a base de enseñarnos amenazadoramente un cuchillo. Era aquello de la bolsa o la vida. Le di la bolsa, prefiriendo limosnera a lo largo del camino de Astorga. de esta manera decidimos ir por San Juan de Ortega, doliéndonos un poco no haber aceptado las camas y la buena pitanza que nos ofrecían, en Villafranca de Montes de Oca. La culpa la tuvo el caballo. Por ir en él, bien enjaezado, debieron creer que era rico. Subiendo por estos montes de Oca feneció el hijo pequeño de un matrimonio peregrino. Las lágrimas de su madre se derramaron en tal medida que provocaron la resurrección del muchacho, según cuentan las leyendas aúreas de Santiago, que son como "guías" de turismo de este viaje colosal. En San Félix de Oca se me ha atravesado un arco de herradura mozárabe. Entre robledales nos acercamos a Urtica, lugar muy frecuentado por los maleantes. Justamente, san Juan de Ortega funda un monasterio y una alberguería para defender a los romeros contra los ladrones que, por día y noche, robaban y mataban a cientos de peregrinos. Hoy está más pacífico. Hasta San Juan de Ortega acuden los estériles. Te hablan del borriquillo sobre el que iba montado un tullido que se cura. Y de las manzanas que pidió un niño irlandés.
La piedad romera encuentra motivos de devoción antes de acercarse a Burgos, por Ages, Atapuerca, Rubena y Gamonal. Por último, muchos de estos puentes comarcanos se deben a la pericia ingenieril de san Juan de Ortega, natural del pueblo de su nombre.

Sahagún de Campos
7 de abril de 1.381

Hemos cambiado de paisaje. Entramos en tierra de Campos; casi a partir de Burgos y, sobre todo, después de Carrión de los Condes. Por aquí florecen los trigos. El pan se da en abundancia, pero las casas y hospedajes se diluyen en una frontera muy rala. Las viviendas se construyen con adobe y hasta poseen el demacrado color ocre que las vuelven parduzcas. En Burgos, he podido pasarlo bien, porque compite el Hospital del Emperador con el de Roncesvalles. De todas formas hay constantes líos con los posaderos y albergueros. Los Fueros de Castilla han tenido que dirimir no pocas cuestiones; en este hospital, donde me tratan tan bien, vivió un raro hostelero; oigamos la expresiva prosa ocasional: "asaetearon al mayor del Hospital, que en el hospedaje envenenó a cien peregrinos". No creí nunca que pudiera estar la peregrinación compostelana tan infectada de peligros. En Burgos suelen repetir un refrán: “el dardillo de Burgos, quitadle y séase vuestro". Resulta que entró un peregrino a casa de un tabernero. Le pidió vino para un compañero, que no podía descabalgar. Pagó, con promesas de devolver al instante la copa de plata. Y.... de aquel peregrino nunca más se conoció el paradero. Y es que también existen peregrinos de poca devoción que aplican sus malas mañas a todo lo que les lucra, aun estafando. En el Hospital del Rey se santificó un hombre, san Lesmes. De hospitales y alberguerías podemos hablar en abundancia, ya que he podido contar no menos de 25.
El caso es que se hallan súper saturadas de peregrinos, casi a presión. Por aquí algunos brujulean, durante varios días. En el hospital donde resido, nos dieron tres veces de comer, por jornada, pero cada ración fue inferior a la anterior. En las tres primeras muy abundante. Quiero reseñarle: la sopa, carne, una libra de pan blanco y un cuartillo de vino. Me lavaron los pies, pero no se topó el fraile que manejaba el lebrillo con aquello que le sucedió a san Amaro, al encontrarse un día con que le ofrecía el pie para las abluciones rituales el mismísimo demonio. Por las calles circulan muchos leprosos. Los he tropezado, especialmente en el momento de visitar al Santo Cristo de San Agustín. Lo pude sorprender, en su misterio, después que tres sucesivas cortinas se fueron descorriendo anhelosamente. Es un Cristo de mucha sangre, terrible, al que le crece la barba; le afeitan cada semana y le cortan las uñas. Dicen que como al de Orense hay que asearle cada semana. Algo menos será, ¡vamos!, digo yo. Según me cuentan, lo trajo de un puerto del Norte un mercader de Flandes, que lo halló errante por el mar. Burgos se arremolina de mercaderes flamencos y de otros venidos de puertos hanseáticos. He visto frailes gordos e ignorantes, con facha de estar bien comidos. Deben guardar en la bodega cerveza de Munich o su equivalente. No me lo explico de otra forma.
Salí más tarde de esta metrópoli, en dirección a Sahagún, donde ahora escribo, en la hospedería del gran monasterio de Clunyp. Por San Bol tuve que hacer frente a una nube de langostas, que adelantaban al oscurecer, ocultando el sol. Por Hontanos hallé un peregrino moribundo al que merodeaban los lobos. Esperamos a otro romero, que venía con cabalgadura, para rogarle que lo trasladase hasta Castrogeriz, donde hay buenos hospitales. De todas maneras, me supieron a algo "ibéricamente exquisitas" las sopas de ajo que me proporcionaron, en Hontanas, los alemanes que vendían imágenes. Habréis observado que el camino sirve para todo. Y unos enriquecen el espíritu, otros nutren con sus mercaderías las escarcelas. Junto al río Garbanzuelo me contaron la historia del hijo de Gascón, atacado por la gangrena del "ignis sacro", quien construyó un convento que da el nombre al pueblo, en atención al milagro operado en su hijo. Ni se me reconocía entre la polvareda que levantábamos poco antes de acercarnos a Castrogeriz.
Aunque parezca extraño, una gran parte de las "Cantigas" de Alfonso el Sabio se han escrito en alabanza de "dos Vírgenes" que se venerani por estos pueblos de la peregrinación jacobea. Una es la Virgen del Manzano, en Castrogeriz; y otra la Virgen de Villasirga, pasado ya Fitero. Es decir que las "Cantigas" mismas se refieren a sucesos de romeros, que reciben favores, por la intercesión de Santa María, aun antes de llegar a Compostela. En Castrogeriz he contado 7 hospitales y 4 templos. No me ha sido difícil pedir una "caridad". Antes de llegar a Frómista quedo embobado y hechizado en la contemplación de la iglesia románica construida por doña Mayor. Más adelante ya en Villasirga, descubro el hospital del Conde Osorno. Empieza uno a maravillarse, con sólo entrar en el atrio, de la Virgen de Villasirga. Alfonso X el Sabio se encarama en versos cortos para contarnos la tragedia del mercader alemán, que se queda tullido:
El, en esto estando,
viu que gran romaría
de gente de sa terra
a Santiago va.
Hasta los marineros se sirven de su advocación para solicitar bonanza. En una palabra, he aprendido este cantarcillo:
"Romeos que de Santiago
yan foronlle contando
os miragres que a Virgen
faz en Vila-Sirga".

León
8 de abril de 1.381

Las leyendas de nuestro Carlomagno se disuelven por León. Y si creemos al poema "La Prise de Pampeloune", aunque sufriera revés en Sahagún de Campos, logró una victoria en Astorga. El hospedaje de los cluniacenses en Sahagún resulta ser de lo mejor. Disponen hasta de setenta camas. En la villa, rodeada de gruesos tapiales, se aclimatan y viven, a su sabor, francos, judíos y hasta morisma. Dos monjes se dedican a la recepción de los peregrinos en la hospedería cluniacense, más fuerte y rica que los mismos reyes; procuraron hacernos grata la estancia. Hemos pasado dos puentes, uno sobre el Valderaduey y otro sobre el Cea. Me han dado algún dinero para poder comprarme vino, en alguna de las tabernas de los pueblos que se diseminan hasta llegar a León. En Calzada del Coto procuré cambiar el camino. Contaba con verdaderos deseos de llegar a Mansilla de las Mulas, por Calzada de los Hermanillos. Es decir por la antigua Vía Trajana, que aún se conserva en buen estado. Lo más terrible de esta etapa reside en la sequedad, y en lo poco poblado que está el campo.
 Si en Villarente hallamos una hospedería, al lado del puente de muchos ojos y ciertas corcovas, en Mansilla; -¡Esla a la vista!-. Una casa de peregrinos, y siete iglesias, propicias para el hebdomario piadoso del jubileo.
Luego, monte arriba, el Portillo, con su gran crucero, desde donde se desarrolla una gran visión de conjunto; un León, al oscurecer, lleno de felicidades, de creer lo que aseguran las páginas más optimistas del "Calixtinus". Hasta, en Puente Castro, sobre el río Torio me salieron algunos judíos de la aljama, ofreciéndome buen cambio. ¡Pobre de mí! Por cierto que estas soledades me han hecho repasar mentalmente algunos temas del sermón famoso: "Dies veneranda", contra los malos posaderos jacopetas. Me doy cuenta que hay muchos peligros; ahora no tantos como lo que suponían otras arterias y estratagemas. Durante marcha y bajo la soledad azul de la "Vía Láctea", me han contado algunas escenas; ciertas, me han sucedido am´; todavía desespero que nos quedará mucho por palpar y sufrir, hasta tanto recalemos en Compostela.
La picaresca, concretada en hacer desaparecer la escudilla del dinero de la correa o de las salas de dormición de los peregrinos, es infinita. Especialmente, en Compostela, lo de los posaderos es horrendo: ¡salen antes de que merodees la ciudad, bastantes leguas antes, te besan y rebesan, para luego robarte! Te ofrecen un trago de vino excelente, pero cuando estás en su casa, bien atrapado, te sirven vinagre o baja sidra. Si pides carne, apesta, porque es de tres días. Utilizan pesas y medidas falsas, que por aquí llaman: marsicias. Las aplican sólo a los peregrinos, no a los nativos. Te fallan no solo en la medida del vino, sino en la de la avena, al servírtela para las caballerías. Hasta te bajan a la bodega con ellos, te sacan la primera jarra de vino de un tonel, y cuando te descuidas, con la obscuridad y la euforia, el resto del vino apetecido te lo vienen a "escurrir" de otros toneles inferiores.
Antes de avistar la ciudad, te cobran primas por la reserva de la cama; aun con reserva y fianza, si hay quien apoquine más, te dejan en la calle; y no está muy claro que te devuelvan el dinerito. Hasta es posible que te echen de casa, si no les pagas lo mismo que los nuevos, y a veces fingidos ofertones. Mucho se ha hablado de bebedizos, aplicados a los romeros para adormecernos y así robarnos con más facilidad, pero no es justo olvidarse de los que emborrachan con el mismo fin. Me lo cuentan, y casi ni se cree que el negocio esté tan alambicado en Compostela; como que para que no bebas agua la hacen desaparecer por la noche. Cuando te levantas; a falta de agua, vino al coleto, pero.... dinero también. En Compostela no está arreglado el suministro de agua potable. Para cumplir el Voto hay que llevar cera al apóstol; los posaderos te la meten por los ojos. Te la ofrecen en casa, más barata que la de los mercachifles, pero resulta que es de poca calidad. Hasta te aconsejan el altar donde has de dejarla, ya que llevan comisión, en armonía con los sacristanes capilleros. Las comidas primeras te las ofrecen hasta gratis, si les compras cirios. Es un negocio redondo, porque a las velas les echan grasa de cabra o hasta las envuelven con habas.
Los cambistas no son mejor "ganado". Te entregan la moneda que quieren, por tus dineros, y al cambio que les viene en gana. Con el mismo mesonero, te ajustas a un precio el hospedaje, e inmediatamente sube. ¡Habrá que comprar alimentos en los mercados públicos mucho más baratos! He de decirte que no siempre los precios son estables. La estafa funciona de maravilla, a la orden del día. De todo este titirimundi hablan los que vuelven de allá. Sucede lo que sucede, a pesar de las leyes. Puertomarín, Barbadelos y Triacastela, ya cerca de Compostela, son los puntos donde más peligra el peregrino.
Me hospedo en el hospital de San Marcos de León. El de San Antonio sólo recoge a los peregrinos cuando vuelven de Compostela. Me fuí a venerar el sepulcro de san Isidoro, allá junto a las murallas. Es una iglesia hermosísima que quiere centrar la peregrinación. Me he recontado hasta 18 hospitales. Si deseáis vivir la peregrinación intensamente, leed un libro que me recomendaron, escrito por Lucas de Tuy. Se llama de "Los Milagros de San Isidoro". El "Códice Calixtino de León", como si dijéramos un libro muy risueño y estimulante. Aquí hay más contingente de peregrinos que en puntos anteriores, especialmente españoles. Recoge a los de Valladolid. Desde aquí suben a San Salvador de Oviedo cuantos desean practicar esta segunda peregrinación.

Foncebadón
9 de abril de 1.381

He llegado hasta esta hospedería, desde la que se divisa toda Castilla. Es el puerto seco más alto de cuantos corona la peregrinación. Nada menos que 5.000 pies de altura, que no los alcanzan los Pirineos por Roncesvalles. Desde León me han ocurrido incidencias. En el pueblo de San Martín del Camino, me ofrecieron pan y manteca comestible. Por estas latitudes es manjar muy exquisito. En Hospital atravesé el río Órbigo, por un puente con sus treinta ojos, algunos descascarillados. Pasé del Páramo a la Ribera, para avistar, al poco tiempo, Astorga, desde una planicie llamada el "Alto de San Justo". Entré por la calzada romana y por Puerta Sol, junto a la que se acurrucan no menos de cinco hospitales. Han prosperado bastante los hospedajes de los gremios. Y casi cada uno ha constituido su hospitalillo y amplía su caridad gremial a los romeros. Muchos astorganos han visitado Jerusalén, hasta el punto de organizar la cofradía de los palmeros. Hay tradición local, desde Santo Toribio y la Monja Eteria. Por haber, hay devoción hasta a Santo Tomás de Cantorbery, el modernísimo santo inglés, y tal cosa se debe a que uno de sus familiares es canónigo de Astorga; también se venera a la Virgen francesa de Rocamador.
En un nicho me dijeron que emparedaban a las penitentes, quienes suplican ululantes perdón y oraciones de los caminantes compostelanos que pasan, a la verita misma de la Catedral románica. Existe un nosocomio u hospital para ingleses. Por cierto que de camino hacia Astorga me he tropezado con piezas de museo, como algunos peregrinos que vienen de lejos, haciendo la romería por cumplir una sentencia civil. Otros discurrían desnudos, con un hierro, agazapado a los pies; los de más allá atados con sogas y cordeles, como recua, avanzas en bandadas. Mujeres hay con vestidos sumamente blancos, equivalentes, en femenino, a la pena masculina de desnudez peregrinante con "fierro". Me cuentan que hubo dos santos que hicieron todo el trayecto de la peregrinación de rodillas. Si he sufrido yo tanto, de ir a pie, ¿qué calamidades no habrán pasado ellos? En general, puedo comentarte lo bien que se portan los médicos de los hospitales, así como los boticarios y especieros, que atienden al alambique.
En nuestras conversaciones de camino, sacamos a colación los nuevos remedios contra enfermedades, ya popularizadas en otras tierras, así como el de las piedras que preservan contra determinadas enfermedades. En los hospitales más amplios y mejor dotados, he hallado quien entiende mi idioma; hay adscrito, al menos en francés, un intérprete o linguajero. Los médicos se detienen a mirar "las aguas" de los peregrinos. En Astorga observé, y me gustó, el castillo corpulento del señor marqués, ante el palenque del Juego de Cañas. Parece mentira que siendo Astorga como es, más diminuta que otros puntos de peregrinación, haya dado un estironazo hasta construir veintidós hospitales. Cuando pasé por el de San Juan había un peregrino muerto, a quien amortajado velaban las beatas del Convento de "Sancti Spíritus". En la iglesia de San Francisco se susurra que se hospedó en él, el Santo Umbro. Hay juderías, rúa de los Francos, Caleya yerma, y una salida, por Rectivia, hacia la Maragatería y Compostela. De Valdeviejas pasé al Ganso. En Rabanal del Camino, los Templarios protegieron la larga vía, porque ya sólo nos quedan ocho kilómetros fatigosos hasta ascender al Monte Irago o de Foncebadón. El sol, que apretaba en el Páramo y Campos, se vuelve cierzo tormentoso a tales alturas. Me he cansado; el viento casi ladra, pero los peregrinos, acogidos en este humilde hospital, en lo alto del Puerto, no lo pasamos mal del todo. Nos hemos calentado. Y estamos dispuestos a rebasar el Puerto. ¡Como sea! ¡Qué buen tipo, por dispuesto
"el Cirujano maestre Alfonso e su magyer Sancho Alfonso, cofrades del Señor Feliz e pagaron e quedo curar los feridos que venyeren al dicho hospital de Cerugia"
A mí me curó una herida.

Cebreiro
10 de abril de 1.381

Mi fatiga se adelanta hasta el desfallecimiento. Me he trasladado de cuenca del río Duero a la del Miño, de Foncebadón hasta Piedrafita. Del Duero al Miño. Y en medio, el vergel: Bierzo. Toda una comarca que comienza a oler a Galicia, donde se revuelven valles, prados, escarpaduras, castillos de templarios, numerosos monasterios -algo apartados de la ruta-, ciudades o villas como Cacabelos, que pertenecen al propio arzobispo de Santiago de Compostela. Dormí como un lirón, en la hospedería de Foncebadón, antes de bajar para el Bierzo. Por la mañana las nubes se situaban muy bajas y algo me costó hacerme a la nieve, que caía, y me siguió hasta Riego de Ambrox. Realmente he llegado magullado y llagado. He sido muy osado al querer hacer etapas tan largas.
Me llamó la atención la empalizada de cruces, que se sitúa a lo largo de Foncebadón. ¿He soñado que son las señales acotadas que puso un ermitaño, al reformar la hospedería? En la subida a Manjarín, hallo la cruz de Ferro, un inmenso montón de piedras, del que nace el largo hastial de madera con la cruz de hierro de más de un metro. Como otros romeros he cogido una piedra del camino, una piedra de canchales, y la he tirado contra el montículo lapidario. Por cierto que uno de los romeros que me acompañan ha dicho: -Oye, Geofrol, ¿sabes qué otra significación tiene la sebe de estacas que se alinea a ambos lados del camino?- Será -contesté yo, sin temor-, la empalizada de cruces de Gaucelmo-. Pues no, resultan ser las quinientas estacas, que los pobres vecinos del Acebo se han comprometido a colocar, para que no se pierdan los peregrinos. A cambio de este servicio reciben de los reyes, según escritos, algunas exenciones. El Acebo apenas si enseña la miseria pajiza de sus diez casas, igual que las aldehuelas de Manjarín o Labor de Rey.
En Riego de Ambrox nos hemos tropezado, con el sol y con unos canónigos de Astorga, que vinieron a recoger diezmos y primicias para entrojarlos. Conservan el vino en Barrios de Salas, Molinaseca ya es una villita, con tres iglesias. No he podido borrar de mi devoción el Santiago románico del Acebo. Es una delicia. Sobrecoge desde lejos la imponente mole del Castillo de los Templarios de Ponferrada. A pesar de que las asperidades del monte que he atravesado son mayores que las de Oca, he sentido mayor sensación de seguridad. Debe hallarse la clave, en la vigilancia de las órdenes de caballería. Por cierto que en Ponferrada Osmundo, Obispo, ha construido un puente muy bonito, de hierro, que hasta da nombre a la villa. Los hierros llegaron de las ferrerías de los monjes bercianos. Así como me fue gratuito el paso sobre el Sil, hube de pagar dineros en Pomboeza, por el paso de la Barca. Recé a la Virgen de la Encina. Atravesé la llanura berciana. Me maravilló encontrarme con el hábito de varios monjes, que bajaron de San Pedro, de Peñalba, de Vega de Espinarada. Y a prisa, al trotecillo, en una mula -pues estaba cansado-, me presenté en Cacabelos, una vez oreado mi oido con el nombre de Compostilla. Ganas me dieron de someterme a una desviación para visitar el Real Monasterio de Carracedo, ocho leguas de Cacabelos. ¡Me hubieran dado una buena ración los benedictinos! Me doy cuenta de la feracidad de esta tierra berciana de vino. Creo que Gelmirez comía cerezas y bebía vino de Cacabelos. Se toma éste, sin darse cuenta y marea, especialmente si para ingerirlo nos introducimos en las bodegas. En el hospital de Alfonso el Cabrito, abandoné a uno de mis compañeros, entre los aspeados. Por cierto: luego me arrepentí; una vez pasado el Cúa, llegamos a Villafranca del Bierzo, por el camino de la iglesia románica de Santiago. Es fama que los que no se sienten con fuerzas para alcanzar Compostela, entran por una puerta de esta ermita y salen por otra, llamada precisamente Puerta del Perdón. Así lo debió hacer Johan de Montatayre.
El buen hospedaje de los monjes de Cluniaco no me retuvo, aunque tenía ganas de permanecer. Dejé en manos de los monjes al buen Johan, hasta mi vuelta. Trasegué buen vino en una bodega. No en vano Herman Küning dirá que
"se debe beber vino de Villafranca con discreto miramiento, pues saca a algunos de sentidos, dejándose correr como un cirio"
Nos recibían bien las gentes de la villa, ya que sucedió, hace poco, un hecho "milagroso". Alguno de los villafranquinos robó el tabardo de un peregrino. Desapareció de las manos del depredador y apareció, sobre los hombros del Apóstol, en Compostela. Es razón del especial miramiento para los que caminamos con tabardo, con la esportilla y los dos bordoncillos colgados en el sombrero. De lo que nadie nos libró fue de pagar el portazgo, correspondiente a la confluencia de los ríos Burbia y Valcárcel. Por el estrecho paso de las orillas del Valcárcel abrupto, desasosegado, se llega a dos castillos que se sitúan, uno frente a otro, y responden al topónimo de Autares y de Sarracin. Están situados en lugares estratégicos y escarpados, antes de llegar a Ruitelán, ascendiendo ya a los montes del Cebrero, perdiendo de vista esta maravilla del Bierzo, que queda a nuestra espalda. Hoy los portazgueros no nos han salido, en son de presa desde el castillo de Autares, con ánimo de robo. Se ve que las fechorías anteriores les han dejado rendidos para días. Hubo una época en que Nezano Gudesteiz prohibía el paso hacia Galicia a quien le daba su feudal gana. Y era dueño desaprensivo y depredador de esa imponente mole de Autares. La mula, sobre la que cabalgo, va lenta.
Hay trechos del camino en que decido apearme. Quedé de dejarla en la hospedería del Cebrero. Allí espera un encargado que la realquila, en retorno a Villafranca. La desolación de las montañas del Cebrero y su altitud de más de 4.500 pies deja huella acezante. Solamente el deseo de visitar, entre estas paredes, el milagro del pan y vino convertido visiblemente en carne y sangre de Cristo, compensan de las desesperantes fatigas. Por otra parte, a última hora, cerró el tiempo. Neviscaba. Pude charlar con otros peregrinos y peregrinas de diversas naciones, acerca de los motivos de su peregrinación. Unos, que si la legislación civil o canónica se lo había impuesto; la mayor parte por devoción; yo mismo di cumplimiento de un voto, cuando me hallé en peligro; otros pretenden que sus enfermedades queden aliviadas. Es curioso; se asegura que a Santiago hay que ir en vida o en muerte. Y muchos testamentos reflejan este hecho. Los testadores dejan un dinero para que se contrate a una persona que realice la peregrinación, en vez de ellos, que ya están muertos. En Compostela ofrecen misas; algunos hay que vienen en representación de determinada ciudad, en donde las calamidades públicas hacían cebo. Otros alían la piedad con la curiosidad y el negocio. De las almas que peregrinan, después de muerto el cuerpo, dicen estos versos octosílabos:

En Camino de Santiago
iba un alma peregrina,
una noche tan oscura
que ni una estrella lucía;
por donde el alma pasaba
la tierra se estremecía.
Luego la expresión se torna diálogo inefable:

-¿Dirásme, alma pecadora,
lo que por Santiago había?
-Perdóneme el caballero,
decírselo non podía;
que tengo el cuerpo en las andas,
voy a la misa del día

Puerto Marín
12 de abril de 1.381

Los tres días pasados en el Cebrero me tonificaron. Recuerdo las buenas peripecias conversacionales de sobremesa. Contra las pallozas, junto a la alberguería, crujía la nieve y el lobo. Antes de ponerme a recordar aquellos gratos momentos en que pasamos lista a gran parte de los sucedidos de la peregrinación, he de deciros que ya se presiente el tufo, la luz, la niebla, y la lluvia jacobea. Ahora me golpean, más insistentemente que nunca, los rostros de mi mujer y de mis hijos.
Las primeras tretas de los albergueros de Compostela han comenzado a resabiarnos en Triacastela y en Barbedelo. Por cierto que, cada uno, ha cogido una piedra de cal, que llevaremos hasta Castañeda, donde los arquitectores la recogen, porque continúan trabajando en la Catedral de Compostela. Es la vieja tradición que no he querido interrumpir. Y conmigo, los demás. Ya se acercan algunos de los azabacheros de Compostela, ofreciéndonos chucherías y mercancía de "souvenires". Transportan conchas, o veneras, aunque estas baratijas acaso las habríamos podido adquirir igualmente, a lo largo del camino, en algunas tiendas de ocasión y, principalmente en los puntos de parada más frecuentados, donde se restablecen puestos de quincallería. Por el pupilaje, en Compostela, hemos de entregar una prenda particular, si deseamos conseguir reserva de la habitación. Me he negado, en principio, a tal operación, pero los criados son duchos y logreros. Hay que andarse con cuidado con ellos porque por menos de nada te birlan lo poco que llevas.
Comentaba yo con mis amigos las picardía de la peregrinación. Nos vamos enfervorizando más, al notar que se acerca ya la presencia de ese "gran gallego sin cabeza" que es Santiago, el primo de Cristo. Desistí de quedarme en Samos, a pesar de que nos ofrecían la misma ración que a los monjes, y eso a lo largo de tres días. Pude repostar, y me socorrieron con algún dinerillo para compensar mi indigencia. Tengo los pies deshechos y en pura llaga. A veces ni los siento. Es curioso, en Sarria, a los que vuelven de la romería, si están sanos y presentan un certificado, les regalan ocho maravedíes; si enfermos, a más de procurarles un sapientísimo cirujano y un buen enfermero, les proporcionan cama, luz y 24 maravedíes. Vaya esto en compensación de las violencias que otros, por estos mismos parajes, cometen contra los peregrinos. ¡Hay que ver cómo es de escarpada y de inasequible esta tierra de Galicia! Muchos castaños la siembran, y también viñedos. Apenas si se encuentra pan. Abunda la "borona". No se me oculta que al llegar a Portomarín, el Miño resulta otro peligro. Pude zafarme de pagar el portazgo. Unos aldeanos, que pasaban unas bestias por el puente, hubieron de pagar seis cornados a los comendadores del portazgo. Verdad es que a su vez portaban suculentas mercaderías.
Pasé un buen miedo al atravesar la sierra de Reira, que empieza a suavizarse en Ferreiros. ¡A lo q ue iba! Los dos o tres días que me quedé en el Cebrero, teniendo en la punta de la mano todo el territorio de Lugo, pude hacer como un balance de la peregrinación jacobea. He visto llevar amuletos a los borgoñones; me han enseñado sus autorizaciones oficiales de tránsito, me han hablado de los boticarios, de los cirujanos y sus servicios en los hospitales. He comprendido que esto de Santaigo es un romeraje, favorecedor también de una vía comercial, que nos mezcla a los francos con los indígenas, que transporta a distancia leyendas de juglares, que comunica de un lugar a otro los estilos del arte y pone en común la maestría de los arquitectos de la Isla de Francia. Escuché canciones de peregrinos. Uno reproduce un romance español, sobre la fornicación en el camino francígena. Es leonés, de por las tierras que hemos pasado.

Al conde lo llevan preso
al conde Miguel al prado
no le llevan por ladrón
ni por cosas que ha robado
por esforzar una niña
el Camino de Santiago
Como era hija del Rey
sobrina del Padre Santo,
Como era de tal linaje
a muerte le sentenciaron.

Por cierto que, en estas fogatas del Cebrero, supe que hay mozos franceses empleados, como pinches en las hospederías de Compostela. Tal un llamado Escoufle, que pasa unos cuantos años, ganándose la vida a cuenta del viajero fuera de su patria. No deja de ser buen negocio este de los hospederos de Compostela. Una de las impagables cosas que se logra, en la terrena Vía Láctea a Galicia, es el conocimiento de amistades. Los que salimos juntos de París, nos estrechamos, vivimos más unidos en la amistad, porque hemos sufrido juntos los peligros, aunque también las satisfacciones. Es mal visto el abandono de un compañero de peregrinación, si ambos se han juramentado no soltarse nunca. A este propósito, se cuentan casos "milagrosos", en los que interviene Santiago, trasportando -en una noche-, al amigo fiel, que se quedó con el enfermo, hasta el mismo altar del Apóstol. Es muy tarde. Y hemos de madrugar. Mañana es el gran día.
Desde Puertomarín ya es coser y cantar hasta Compostela. Si bien me aseguran que hemos de pasar por un paraje, Felpos -no lejos de Palas de Rey-, en que hace pocos años

"las gentes de Alvaro Sánchez de Ulloa asaltaban a quienes transitaban por el Camino de Santiago, sometiéndolos a todo género de violencias y exacciones, hasta que el arzobispo don Berenguel decidió poner sitio a aquella guarida de malhechores"

Espero que si mañana sucediera tal cosa, los Ulloa del monte Losorio nos defenderían, porque estos Monterrey, según mis cuentas, son los que han fundado el hospital de Libureiro. También tengo que hacer memoria para no olvidar, en la hospedería, la piedra de cal que depositaré en Castañeda, después de pasar por Melide. Cuando se transite el puente de Castañeda, poca cosa nos alejará de avistar las torres de la Catedral del Maestro Mateo. Voy a dormir a prisa, porque mañana es el gran día. 

Compostela
13 de abril de 1.381

He logrado acomodarme en la hospedería oficial. No hubiera podido pagar otro albergue que éste, desde que me desvalijaron en Montes de Oca. He sido importunado por los cientos de albergueros, cuyas mañas y tretas he descubierto. Esta alegría supera a las demás. El gozo de postrarme ante el Apóstol Santiago. Posiblemente, en adelante cambie mi apellido por el de King o Rey. Y es que después de Lavacolla, en Monjoy, todos emprendemos una carrera loca por ver quién alcanza primero las murallas. Es una costumbre, y manifiesta la explosión del gozo, la rotura de moldes de una emoción contenida después de dos meses. En mi grupo, quizá por carecer de impedimenta, saqué yo la ventaja. Por eso me llamaré Geoffroy Leroi. En el pintoresco Lavacolla lavamos nuestras inmundicias, dentro del riachuelo. Me cambié la ropa totalmente, porque me las habían dado en abundancia en el monasterio del Cebrero. Fue un baño total, una ablución. Me temblaron los ojos al ver Compostela tan cerca, al descender ya por el Monte del Gozo. Al canto del Tedeum, se me escurrieron lágrimas de mil días.
He visitado muchos templos para ganar, no sólo la Perdonanza, sino muchas indulgencias. Con estos ritos y ceremonias ya he quedado a gusto, pues cumplí el voto ofrecido al Señor Santiago. Más tarde me expidieron la papeleta o certificación de haber confesado y comulgado. Viene a ser como una patente de vuelta a la tierra natal. Es un carnet para toda la vida. Esto me abre muchas puertas, y es indicio seguro de que no he baladroneado con lo de Compostela. Al subir a abrazar a Santiago, como los demás, deposité mi sombrero sobre su cabeza a lo largo de un instante. Debía estar muy contento el Santiaguiño, por lo que juzgo de mi mismo. La iglesia, de par en par sus puertas, no se cierra ni de día ni de noche. La iluminaban cientos de cirios. Algunos hay que duermen aquí. Y no infrecuentemente se organizan desproporcionadas y anticarismáticas trifulcas, entre grupos que se van a las manos. No son pocos los que han muerto violentamente dentro de esta catedral del Apóstol Santiago. Atraviesan pausados, los canónigos, muy flamantes, con grandes vestiduras que llaman la atención de los que sueñan bajo estas naves. Son los cardenales. Uno, el linguajero; con él me confesé, en francés. He velado toda la noche. Se desborda la devoción, pero también he presenciado las chocarrerías de los juglares, interpretando, aparte de juegos torpes, ciertas canciones mundanas, mientras algunos romeros se movían de una parte a otra, con objeto de colocar las ofrendas en las capillas de su predilección.
Suena a veces la campana del altar de Santiago. Un clérigo, con sobrepelliz, se coloca sobre el arca. Las ofrendas son muchas, lo mismo que las velas apilándose en los distintos altares. He podido leer las prohibiciones que existen: así el arqueiro no puede aceptar imágenes de hombre, ni de caballo, ni admitir incienso ni trajes. Tampoco, en el altar de Santiago, se permite la ofrenda de bastones, ni ciriales de hierro, aunque se dan por contentos si lo que se les entrega es una espada en buen uso, no herrumbosa. Si la ofrenda consistiera en una campana rota, habría de llevarse el arca de la obra. Es decir que esto no es muy sencillo. Algunos peregrinos he visto, metiendo los dedos en un lugar del parteluz del Pórtico de la Gloria, que según aseguran son las señales que Cristo dejó marcadas en el momento de hacer una variación posicional en el conjunto de la inmensa catedral. ¡A lo que voy!... Aquí, en el "paraíso", ¡si que es un rebullir de concheiros, de azabacheros, de plomeros! Cientos de recordatorios y chucherías inimaginables ha inventado la fácil fertilidad fructífera de estos compostelanos, que piden al Papa mano dura para luchar contra los falsificadores de "recuerdos" religiosos compostelanos, especialmente contra los de Lugo. Los que se sitúan a las puertas del templo son los de los puestos ambulantes. Y después de entrar en una azabachería no sólo te tropiezas con los recuerdos útiles, como cobre, estaño blanco y otros bordoncillos, sino otras mil garambainas.
Tampoco resulta difícil hallar, en la rúa de los concheiros, el rebullicio internacional de la lonja "santificada". Nos excita el ambiente a engalanarnos con emblemas jacobitas y hasta las vendedoras se prestan a cosérnoslos sobre el tabardo o la escudilla, después de haber agujereado por dos sitios. Desde luego, el símbolo afrodisíaco nunca ha estado tan cerca de lo sagrado, como aquí en Santiago, con la venera -la concha del nacimiento de Venus-. Puesto que voy a pasar una semana, lo que no escriba hoy lo añadiré mañana.
 

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