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martes, 3 de julio de 2012

Enganchado al Camino de Santiago

ALBERTO realizó por primera vez el Camino de Santiago el verano del año 2000. Tardó 26 días en recorrer a pie los 750 kilómetros que separan Roncesvalles de la ciudad donde se supone que reposan los restos del apóstol. Lo hizo en compañía de su mujer, un hermano y su cuñada. Y se quedó atrapado por la magia de la Ruta Jacobea. "No sé que es lo que tiene, pero engancha", reconoce. Tanto es así que desde entonces no ha parado de hacer tramos "de los muchos Caminos que hay en España". Acaba de llegar de realizar el portugués, entre Oporto y Pontevedra, y ya está preparando la mochila para cubrir el tramo aragonés entre Somport y Puente la Reina. Alberto recorre durante el año todos los itinerarios que puede para luego ofrecer una "buena información" a las personas que se acercan hasta la sede de la asociación Amigos de los Caminos de Santiago de Bizkaia, ubicada en las Calzadas de Mallona. Forma parte de su junta directiva y es el encargado de "revisar las flechas del Camino del Norte". "Por eso", dice, "muchos domingos programamos salidas y yo voy con la brochita marcando el Camino".

Alberto Cantera posa con la vestimenta de gala de peregrino en las calzadas de Mallona. (Zigor Alkorta)
A Alberto y su mujer siempre les ha gustado andar. "Hacíamos monte y senderismo", recuerda, "pero nunca se nos había ocurrido hacer el Camino de Santiago, hasta que alguien lo planteó y nos animamos". Caminaron una media de 30 kilómetros diarios y siempre durmieron en albergues, excepto un par de noche en polideportivos. Llegaron a Santiago cansados, pero muy contentos. "Es una experiencia inolvidable", dice. "Por qué?, el preguntamos. "Por muchos motivos", responde. "Por ejemplo, haces amistad con mucha gente que luego la mantienes". Y en este sentido destaca que "en el Camino nunca estás solo aunque vayas solo". De hecho, el grupo de Alberto hizo amistad desde los primeros días con tres peregrinos procedentes de Madrid. "Al final, íbamos a los albergues y preguntábamos: ¿hay sitio para siete?, cuando en realidad nosotros éramos cuatro". Otro de los motivos que le hicieron engancharse al peregrinaje jacobeo fue la mística del Camino. "Hay tantos kilómetros que te da tiempo a pensar en todo, a hacer un repaso de la vida", confiesa, "y creo que es algo que le pasa a todo el mundo que hace el Camino".

Flechas De vuelta a casa aquel año 2000, Alberto se acercó hasta lo locales que tenía la asociación en el Casco Viejo. Se sentía en deuda por la información que le habían facilitado antes de partir. "Nos dijeron si nos queríamos hacer socios, y nos hicimos", recuerda. A partir de ese momento también comenzó a hacer tramos del Camino del Norte por su cuenta. "Me quedó el gusanillo de las flechas amarillas", reconoce. Pero no fue hasta 2006 cuando se involucró de lleno en la asociación que orienta y facilita la credencial del peregrino. "Hablaba tanto del Camino en casa que un día me dijo mi mujer: o bajas a colaborar con ellos o dejas de hablar del Camino". Así que se animó y comenzó a poner su granito de arena para que los peregrinos que hacen el Camino del Norte se sientan a gusto a su paso por Bizkaia. "Nosotros lo único que hacemos", dice Alberto, "es devolver lo que hemos recibido cuando vamos por ahí recorriendo los diferentes Caminos".

Y son muchos los que ha recorrido desde el año 2000. Solo tuvo unos meses de parón en 2010 debido a una enfermedad. "De la noche a la mañana, en una revisión de la próstata me dijeron que tenía un riñón muy mal y que me lo tenían que quitar", recuerda. Fue un momento muy duro para Alberto. "Se me cayó el mundo al suelo, pero afortunadamente todo salió bien y hoy en día doy gracias a Dios porque puedo seguir andando y haciendo vida normal con un solo riñón". Salió del bache gracias a la "ilusión y a la fuerza" que le da todo lo que rodea al Camino de Santiago. Ahora está esperando la jubilación, que será el año que viene, para cumplir un deseo relacionado con la Ruta Jacobea, como no podía ser de otra forma. "Me gustaría hacer el Camino del Norte con mi mujer, que también se va a jubilar, pero de forma más tranquila, sin prisas". Un Camino por el que siente una especial predilección. "Hay Caminos muy bonitos en toda España, por ejemplo, el sanabrés, por la montaña que tiene, o el mozárabe, pero el del Norte, que va por la costa, es precioso". Además lo siente como algo suyo porque es el encargado de que esté bien señalizado, por lo menos en la parte vizcaina. 

A pie También le gustaría volver al Camino francés a pesar de que "todo el mundo me comenta que está bastante masificado". Por eso, a la hora de aconsejar, Alberto siempre comenta a los potenciales peregrinos que se acercan a la asociación que hay otras alternativas en la geografía hispana "muy interesantes". Y a todos les dice lo mismo: que no hagan el Camino si no les gusta andar. "Te tiene que gustar", remarca, "porque si no, no aguantas". En cuanto a hacerlo a pie o en bicicleta, Alberto no aconseja porque "cada uno tiene sus gustos". Lo único que dice es que "hay gente que lo ha hecho en bicicleta y al acabar te comentan que lo van a repetir a pie". ¿Por qué? "Porque en bicicleta se hace mucho más rápido y te pierdes muchos detalles del paisaje". Además hace otra apreciación: "La convivencia es diferente haciendo el camino a pie; vas hablando con otros peregrinos. Yo, por ejemplo, he comentado cosas con peregrinos que no se las he contado ni a mi mujer ni a mis hijos". Este es otro de los misterios del Camino que, como a Alberto, le enganchó para siempre aquel verano del año 2000. "La primera vez, marca", concluye.

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