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viernes, 29 de junio de 2012

Puerto de cara al norte

En tiempos de la peste negra, la plaga que se extendió por Europa en el siglo XIV y diezmó su población, santos y apóstoles ofrecían una valiosa sugestión protectora. Y aunque las catedrales podían ser un foco de expansión de la enfermedad, centenares de miles de peregrinos llegaban al año a Santiago de Compostela, buscando certidumbres, consuelo e indulgencias. El Camino de Santiago era una ruta popular desde mediados del siglo XII, con multitud de itinerarios y una meta común. Y aunque a Santiago, al contrario que a Roma, no llevan todos los caminos, muchos aspiran hoy al título de ruta jacobea, en tiempos en que al fervor cristiano le ha sucedido el interés antropológico y turístico. Es el caso del Camiño do Mar, que transita por las localidades costeras de Lugo: Ribadeo, Espiñeira, Foz y Viveiro, hasta introducirse en A Coruña por Ortigueira, As Pontes, Betanzos y Santiago. Una ruta más larga que la que lleva a Compostela por el interior, a través de Mondoñedo, pero seguida por peregrinos más aventureros, como el veneciano Bartolomé Fontana, que en el siglo XVI hizo ese recorrido, con más de media docena de hospitales para andariegos, iglesias y monasterios.

Fontana es uno de los caminantes ilustres que cita Xoán Ramón Fernández Pacios en su libro Camiño do Mar. Un volumen con fotografías de Adrián Fernández del Moral, publicado recientemente por la Diputación de Lugo, en apoyo de su reclamación de que sea considerado oficialmente ruta jacobea.

Aguas menos frías

Viveiro -que festeja desde el siglo XIII una Semana Santa de interés turístico- es una de las joyas de este itinerario. Estamos en uno de los destinos de vacaciones más famosos de las Rías Altas gallegas. Un punto en el que la brumosa y verde Galicia se hace cantábrica y donde no se ve una sola batea en las rías, de dimensiones mucho más pequeñas que las Rías Baixas, y de aguas menos frías. Las diferencias con las costas del sur gallego se aprecian bien desde el mirador, imponente, del monte San Roque, desde el que se divisa el cabo de Estaca de Bares, la punta más saliente del norte peninsular.

¿Qué llevaba a los peregrinos a optar por el camino más largo a Santiago, que pasa por Viveiro? Carlos Nuevo Cal, cronista de la villa desde 2005, cree que, sencillamente, algunos de ellos llegaban por mar, en barcos que atracaban en los puertos de Ribadeo o Viveiro. Esta localidad mantenía un intenso comercio con Inglaterra, Francia y los países de la liga hanseática.

La huella de Inglaterra, un país vecino con el mar de por medio, se dejó sentir especialmente tras la reforma religiosa de Enrique VIII que sembró el terror entre los católicos del país. "Se conservan imágenes de vírgenes y cristos traídas de Inglaterra en esa época", dice el cronista de Viveiro, convencido de que llegó a funcionar un intenso contrabando de imágenes, inservibles en la nueva liturgia anglicana. El inglés Juan De Utton, que se estableció en la localidad, trajo las más famosas. La Virgen Inglesa o nuestra señora La Grande, de la catedral de Mondoñedo, y el Cristo de la iglesia de Neda. Viveiro se quedó un lote menor que se venera en la iglesia de San Francisco.

Un sabor especial

Los diferentes pobladores (romanos, celtas), los distintos contactos comerciales (ingleses, franceses, holandeses), los peregrinos, han hecho de Viveiro un lugar cosmopolita. Sobreviven apellidos franceses e ingleses, costumbres y estilos de otras culturas que dan a la localidad un sabor especial. Por aquí pasaron los romanos, como lo testimonian las ruinas de la zona de Area, y los celtas, de los que solo quedan nombres. Tampoco se conserva mucho del Viveiro medieval. La villa fue arrasada por dos incendios, en el siglo XIV y en el XVI, y hubo de ser reconstruida.

Eran tiempos en los que la ría era más ancha y profunda. En las horas de pleamar, el agua llegaba hasta la puerta de la iglesia de la Misericordia, de estilo renacentista, unida a Viveiro por el puente del mismo nombre, hasta que en los años sesenta del siglo pasado se decidió estrechar la ría.

No han sido los únicos desastres urbanísticos de una localidad a la que la reina María Cristina concedió el título de ciudad en el siglo XIX. Un ascenso sin muchas repercusiones sociales o estéticas en un Viveiro que conserva todavía tres de las seis puertas de la muralla medieval que lo defendía de invasores de todo tipo: la del Balado, la de la Villa y la de Carlos V. La visión de la muralla era siempre motivo de alegría para los peregrinos porque en la villa, y en la vecina parroquia de Celeiro, funcionaban dos pequeños hospitales. Uno, el de Santa Ana, en Celeiro, el otro, en el centro de Viveiro, junto a la iglesia de Santa María. De los hospitales no queda huella, pero las iglesias, con sucesivos retoques, siguen en pie. Y la atmósfera de Viveiro mantiene viva la amalgama compleja que constituye su historia.

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