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domingo, 20 de mayo de 2012

La ilusión de una vida

Nazario, prejubilado de Arcelor con huerta en Tremañes, siembra patatas, cebollas, arbeyos, fabes de mayo, lechugas, tomates y alcachofas

Nazario Martín tiene 63 años. Prejubilado de Arcelor, donde fue técnico de ultrasonidos, no es de esas personas que se entretengan en la inactividad. La vida es más intensa entre paréntesis aplicados y el ocio, el ocio creativo, puede ser muy productivo y útil. Le gusta la talla en madera -ahora mismo está finalizando una reproducción exacta del Guernika de Picasso- y recorrer el Camino de Santiago. Desde hace años, además, mantiene con su amigo Ramón una hermosa huerta en Tremañes. En surcos bien trazados y bien sallados, con ese orden escrupuloso que el hortelano sabe imponerle al caos, cultiva un vergel en pleno casco urbano de Xixón.
 
Nazario Martín en su huerta de Tremañes. :: PAÑEDA
Muchos amigos me comentan últimamente, con una insistencia que tendrá que ver con el precio de los vegetales, lo que les gustaría tener un huertín. Algo hay de ensoñación bucólica aunque también, pienso yo, la sombra del realismo apunta en este deseo: quien sabe sembrar unas patatas es alguien menos dependiente y más completo. Nazario Martín ya tenía su huerta cuando trabajaba en el sector siderúrgico y la mantuvo en su jubilación.
 
-Yo lo hago, me dice, para no quedarme anquilosado. Tener un huerto es muy bueno para la cabeza. Hay mucha gente que se jubila y no sabe qué hacer con su tiempo. Eso crea problemas psicológicos. Pero la ilusión de la huerta. ¡eso lo cambia todo!
 
Me enumera lo que en este momento han sembrado él y su amigo Ramón: patatas, cebollas, arbeyos, fabes de mayo, pimientos, alcachofas, lechugas, tomates. Su huerto urbano sigue, tal vez sin saberlo, las pautas de un poema clásico. Cuestión de amor, de atención debida, es el milagro de ver cómo florece una buena cosecha.
 
-Más que tiempo, una huerta requiere una atención continuada. No hay día del año en que no haya que hacer algo. Nosotros preparamos los semilleros, trasplantamos, sallamos, quitamos broza, sulfatamos, regamos. siempre hay algo nuevo que hacer.
 
Dicen los que saben que la tierra tiene memoria. Hay partes de la huerta donde se dan bien les fabes, otras donde los tomates crecen sanos y apetitosos. En un huerto urbano se combate también la contaminación y, en el caso de la huerta de Nazario Martín, hay que estar muy atento por si el aire sopla de Aboño.
 
-Si viene el aire de ahí, hay que sulfatar para salvar las plantas; si no te las quema la niebla.
 
Gonzalo de Berceo, el gran poeta medieval castellano, dejó escrito que «yendo en romería caescí en un prado / verde e bien sencido, de flores bien poblado, / logar cobdiciadero pora homne cansado»; yo siempre me he imaginado ese prado como esas ricas huertas riojanas, que tienen de todo y son tan tupidas que parecen que guardan, a la fresca, el secreto de la voz del pozo y, como en el poema del primer poeta, fuentes que manan agua fresca en verano y cálida en invierno. Nazario algo sabe de esto: todos los años dedica unos meses a recorrer el camino de Santiago y es el hospitalero de Navarrete, en La Rioja. Mientras camina, se fija en las huertas, habla con los hortelanos. De sus viajes se ha traído semillas y variedades de muy distintos sitios. Me enseña, por ejemplo, una erada donde ya asoman unas alcachofas que vienen de Calahorra.
 
-En Navarra, en La Rioja y en Burgos hay muy buenas huertas. Paso caminando y me fijo. Y el campesino me dice: «¡Peregrino, quítese la mochila y descanse un poco a la fresca!». Y allí me siento con él y hablamos de la huerta y de la vida.
 
Nazario Martín me recuerda que él no hace ni más ni menos que lo que se ha hecho siempre en Asturias: cultivar un huerto cabe casa; y en su casa nunca falta buena comida.
 

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