Días para el próximo año Santo

domingo, 24 de julio de 2011

Se hace camino al andar

Cruzando los once ojos de Puentefitero, sobre las aguas del río Pisuerga, el Camino de Santiago se adentra en tierras palentinas. Itero de la Vega es el primer pueblo que los peregrinos se encuentran al entrar en la provincia, por la que discurren 70 kilómetros de esta ruta que ya en la Edad Media hechizó a reyes y seglares. San Martín de Frómista, el Canal de Castilla, Santa María la Blanca, San Zoilo, la iglesia de Santiago o la Villa Romana de la Tejada, en Quintanilla de la Cueza, son solo una muestra de la riqueza cultural de esta zona. En la mesa, lechazo, sopas de ajo, menestra y amarguillos harán las delicias de turistas y peregrinos, que suelen mezclarse en localidades como Carrión de los Condes o Villalcázar de Sirga.
 
El Camino de Santiago siempre está de moda. Miles de personas peregrinan cada año hasta la ciudad compostelana, y son muchas más las que lo hacen en un año jacobeo como fue el 2010. La resaca del año santo hace que sean más los peregrinos que pasan por Palencia, ya que el perfil de los que atraviesan la provincia no se ajusta al de quienes recorren el camino para ganar el jubileo. Por eso, después del año santo son más los que pasan por los senderos palentinos, huyendo de las aglomeraciones y los grandes acontecimientos. Son peregrinos de largo recorrido, que hacen varios cientos de kilómetros, ya sea por motivos religiosos o espirituales, deportivos, o simplemente para vivir una experiencia que les permita conocer otras gentes y culturas.
 
La mayoría de los peregrinos que pasan por Palencia hacen el Camino a pie. Según la Encuesta de Peregrinos que cada año realiza la Federación Española de Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago, en el 2010, el 80% de las personas que realizaron esta ruta lo hicieron caminando, mientras que un 16% lo hizo en bicicleta.
 
En lo que respecta a las edades, aunque el porcentaje de jóvenes que caminan hasta Santiago está aumentando, el 54% tenía entre 36 y 65 años. Un 31% estaba entre los 20 y 35 años, mientras que solo nueve de cada diez eran menores de 19 años, y seis de cada diez, mayores de 65.
 
La valoración que los peregrinos hacen del Camino a su paso por Palencia es bastante positiva, y las puntuaciones que recibe en esta encuesta son de las más altas de toda la ruta. Los caminantes valoran con 8,2 puntos los servicios de información, y con un 7,3 los albergues. Los caminos e infraestructuras reciben una puntuación de 7,6, y la gastronomía palentina, un 8.
 
Ángel Luis Barreda, Presidente de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Palencia afirma que éste «goza de buena salud». Expone que en los últimos años se han consolidado las infraestructuras. «Contamos con los servicios necesarios, y la afluencia es media en relación con el resto de provincias por las que pasa el Camino», explica. Palencia no sufre grandes aglomeraciones, y si a ello se une el gran número de iniciativas privadas que han decidido invertir en la ruta con la apertura de albergues y restaurantes, se puede afirmar que la provincia está en condiciones de atender a los peregrinos como se merecen. «Al principio poca gente apostaba por el Camino y había pocos albergues, lo que generaba dificultades para acoger a todos los caminantes. Ahora incluso se ha llegado a crear un exceso de expectativas sobre la rentabilidad de esta ruta, y hay lugares en los que sobran albergues.
 
Auge de los noventa
 
El 'boom' del Camino de Santiago tuvo lugar al comienzo de la década de los noventa, aunque ya desde los años ochenta se notó un incremento en el número de peregrinos, y comenzaron las dificultades para atenderlos a todos, según explica Barreda. Pero fue en 1993 cuando comenzó el auge del Camino debido a varios factores. «La visita del Papa Juan Pablo II en 1989 le dio mucha publicidad al Camino. A esto se unieron la declaración del Consejo de Europa como primer itinerario cultural Europeo y la apuesta que realizó la Xunta de Galicia por esta ruta en el año 1992, que terminó de darla a conocer», señala Barreda. Por eso, el jacobeo de 1993 fue el primero que se popularizó, y hubo dificultades para acoger y atender a todos los peregrinos.
 
Durante estos años han sido muchos los que han recorrido los senderos que llevan hasta Santiago. Personas de todos los lugares del mundo se acercan a España y a Palencia para vivir la magia del Camino. Franceses, alemanes, italianos y centroeuropeos son las nacionalidades que más se repiten, aunque en los últimos tiempos se ha constatado la llegada de muchos coreanos o brasileños.
 
En otoño y primavera, el número de personas procedentes de fuera de nuestras fronteras llega a superar al de los españoles que pasan por el Camino de Santiago palentino. El invierno ya es harina de otro costal. El perfil del peregrino de invierno es muy particular. Son personas que buscan la soledad, que quieren reencontrarse a sí mismos y están dispuestos a sobreponerse al frío, pero sobre todo a la lluvia, que es el verdadero problema de esta estación.
 
A las adversas condiciones meteorológicas se unen en invierno las dificultades para encontrar alojamiento, ya que la mayor parte de los albergues cierran durante esta época del año, lo que obliga a estos peregrinos a realizar etapas más largas. «Es una de las cosas que debería mejorarse. Tal vez algunos de los que han hecho su agosto con el Camino deberían sacrificarse un poco y poner a disposición de los peregrinos algunas habitaciones durante el invierno, aunque este servicio no resulte rentable», afirma el presidente de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago.
 
Pero no todo el que trabaja en la ruta jacobea lo hace para enriquecerse. Hay quienes acuden cada año durante unos días para devolver al Camino lo que el Camino les dio cuando ellos lo recorrieron. Son los hospitaleros voluntarios, que se ocupan, de forma desinteresada, de que todo esté perfecto en algunos albergues a la llegada de los peregrinos.
 
La Asociación de Hospitaleros Voluntarios coordina a estas personas, y las distribuye por los albergues que están a cargo de esta entidad. Para ser hospitalero, es necesario haber sido peregrino previamente, ya que así se conocen las necesidades de los caminantes, y se les puede atender mejor.
Los voluntarios deben realizar un curso de formación, y no pueden trabajar en el mismo albergue durante más de quince días. «Es la forma de evitar que te sientas el 'dueño' de este lugar», explica María Nevado, hospitalera en Villalcázar de Sirga.
 
En la actualidad, el Camino de Santiago ya no está tan masificado, aunque continúan siendo muchos los que lo recorren cada año. El espíritu del Camino no se mantuvo intacto durante su época de apogeo. Ahora las puertas de las casas se cierran con llave, y sería difícil que las gentes de los pueblos recibiesen a los peregrinos con la misma hospitalidad que hace veinte años. Aún así, la magia continúa, y aquellos que realizan el Camino siguen sin saber explicar qué se siente al vivir esta experiencia.

«Se trata de devolver a la ruta lo que nos ha aportado»

Este matrimonio madrileño ha decidido pasar la mitad de sus vacaciones como hospitaleros voluntarios, al frente del albergue para peregrinos de Villalcázar de Sirga. «Tenemos una casa en la playa, pero nos apetecía dedicar unos días de nuestro descanso a ayudar a los demás», señala María. Guillermo, su marido, hizo el Camino por primera vez en el 2008, y quedó fascinado. Desde entonces, repite cada año, además de emplear quince días como voluntario para atender al resto de peregrinos. «Se trata de devolverle al Camino lo que el Camino te ha dado a tí», afirma Guillermo, que no alcanza a explicar los sentimientos que le produce la ruta. «Es algo que hay que vivir, tienes que hacer el Camino para saber qué se siente», aseguran ambos. «La experiencia de ver cada día la cara de los peregrinos al llegar, y al partir al día siguiente es maravillosa. Cuando salen de aquí, todos son amigos», señala María, que reconoce que le cuesta despedir cada día a los caminantes. «Muchos días nos iríamos con ellos, pero cuando se marchan, hay que cambiar el chip», cuentan ella.
Cada día, estos madrileños preparan el desayuno para los peregrinos, les despiden y limpian el albergue. Después, aprovechan para conocer la provincia, y regresan para recibir a los caminantes que llegan por la tarde. «Quienes hemos hecho el Camino sabemos lo que se siente, es un trato de peregrino a peregrino». Este es su segundo año como hospitaleros. Se nota que disfrutan con esta tarea, y que le ponen mucho cariño.