Días para el próximo año Santo

jueves, 13 de enero de 2011

Las campanas de Foncebadón

Cuentan las crónicas de los peregrinos que la etapa más dura del Camino de Santiago -y la más peligrosa- era la que discurría, por las peladas tierras de la Maragatería leonesa, entre las ciudades de Astorga y Ponferrada. Allí, por las agrestes cuestas de Foncebadón, el puerto que separa la Maragatería de El Bierzo y desde el que se domina uno de los paisajes más, espectaculares del camino (atrás la meseta adusta, parda, hacia el infinito; a la izquierda, el Teleno, el legendario altar romano del dios Tilenus y la cumbre más alta, con sus 2.180 metros, de la provincia; a la derecha, el puerto del Manzanal, por donde discurre ahora la carretera Madrid-La Coruña, y a, la vista, el valle de El Bierzo y el imponente y amplio circo montañoso que lo circunda y separa, la meseta de Galicia), cientos de peregrinos perdieron la vida, atacados por los lobos o extraviados en mitad de una ventisca. No en vano a un monte cercano le llaman el Morredero, que viene a querer decir moridero en gallego antiguo.Pese a ello, el puerto de Foncebadón fue durante muchos s¡glos el paso obligado y único entre la Maragatería y El Bierzo, tanto para los peregrinos como para los arrieros maragatos que transportaban en mulas el pescado de los puertos de Galicia hacia las ciudades del interior y que, al llegar al alto del puerto, se detenían junto a la ermita que hoy se alza sobre el solar de un viejo templo romano dedicado al dios Mercurio, éstos para contemplar su amada Maragatería y aquéllos para dejar, siguiendo la tradición, una piedra traída desde sus lugares de origen al pie de la Cruz de Ferro, el rústico crucero de madera y cruz de hierro que preside el alto del puerto y sirve al mismo tiempo, cuando la nieve borra la senda, de guía a los peregrinos. Gracias a ellos, y a los numerosos caminantes y viajeros que, en uno y otro sentido, pasaban constantemente por el camino (ganaderos, pastores de rebaños trashumantes, comerciantes, buhoneros, viajeros de toda laya y cuadrillas de gallegos que en verano venían con sus hoces a segar el pan y el sol de Castilla), la región, aunque difícil y agreste, vivió tiempos de esplendor y vio cómo sus pueblos se llenaban de hospitales y posadas para descanso de los viajeros y de los peregrinos.

La llegada del ferrocarril hacia el final del pasado siglo y, sobre todo, la construcción a principios de éste de la nueva carretera por el cercano puerto del Manzanal (trazado que impusieron las florecientes minas de El Bierzo, situadas todas ellas más al norte, y que significó en su tiempo una gran obra de ingeniería) vino a marcar, sin embargo, el principio del fin para el puerto de Foncebadón y para la Maragatería: no sólo los viajeros dejaron la antigua ruta, sino que los arrieros maragatos vieron cómo el ferrocarril primero y más tarde los camiones frigoríficos les arrebataban de golpe un negocio con el que la mayoría de ellos llegaron a amasar grandes fortunas. Basta contemplar aún la solidez y las trazas de los pueblos maragatos (la zona, por otra parte, más pobre de la provincia) y recordar, por ejemplo, a aquel célebre Cordero, el maragato cuya influencia llegó a ser tanta que incluso se permitió el lujo de alojar en su casa de Santiagomillas a la mismísima reina Isabel II, de paso hacia Galicia, empedrando para la ocasión, según dice la leyenda, la habitación destinada a aquélla con monedas de oro puestas de cruz para evitar que la reina pisara su propia efigie.

A raíz de aquello, los pueblos de la zona, sobre todo los más altos, comenzaron a decaer hasta que, coincidiendo con el éxodo masivo del campo hacia las ciudades que se produjo en España durante los años sesenta y setenta -y que aún no se ha detenido-, muchos de ellos quedaron parcial o totalmente abandonados. Es el caso de Manjarín, que en tiempos tuvo hasta hospital de peregrinos; de Folgoso, de Prada, de Ferradillo, de Rabanal, de Labor del Rey y del propio Foncebadón, que antaño recibía al peregrino con su gran monasterio y sus 1.600 metros de calle principal, toda ella empedrada y cubierta de galerías, y que hoy no es más que un montón de piedras entre las que todavía resisten, como únicos habitantes, una mujer y su hijo junto con sus ovejas y sus mastines. O, mejor, la mujer sola, pues el hijo, según dicen, anda borracho siempre por los bares de los pueblos del contorno o durmiendo en los pajares y en las cunetas de los caminos.

La mujer, que se llama María y rondará los 70 años, es la típica montañesa, solitaria y un tanto arisca; lo que no impide que, en más de una ocasión, haya prestado ayuda, e incluso cobijado en su propia casa, a algún excursionista despistado o a montañeros perdidos en medio de una ventisca. Pero, por lo general, María rehúye el trato con la gente, acostumbrada como está a pasar el tiempo sola desde que hace ya 15 años se marcharon sus últimos vecinos, y desde la ventana de su casa observa sin ser vista el paso por el pueblo de los -salvo en verano- contados peregrinos, la mayoría de los cuales pasan de largo sin imaginar siquiera que pueda vivir alguien en mitad de aquel montón de ruinas. Hace poco, sin embargo, la solitaria María saltó a las primeras páginas de los periódicos de la provincia. Por lo visto, coincidiendo con el Año Jacobeo, y con la excusa de evitar posibles accidentes ante la masiva afluencia prevista de per¿grinos, el Obispado de Astorga decidió retirar las campanas de la iglesia de Foncebadón, que está a punto de caerse, y trasladarlas al Museo de los Caminos. El día señalado para ello María recibió a la expedición (integrada por dos curas, seis obreros y cuatro guardias civiles) armada con un palo y subida en el tejado de la iglesia, decidida a defender las campanas con su vida. En vano intentaron convencerla para que se bajara y les dejara llevarse unas campanas que, al fin y al cabo, legalmente no son suyas. Mientras les arrojaba piedras, María decía que las necesitaba, entre otras cosas, para avisar a la gente de los pueblos cercanos si un día se declaraba un incendio en el suyo, puesto que ni teléfono tiene para sustituirlas. Y cuando un cura le dijo que para eso no le servían, puesto que las campanas no tienen ya badajo, la enrabietada María le contestó que, si hacía falta, lo tocaba con el suyo (el del cura). Al final, la mujer zanjó la disputa gritándoles a los escandalizados curas y a los obreros y guardias civiles, que se fueron sin intervenir, sorprendidos quizá por la actitud de aquella pobre mujer y por la amenaza del hijo, que permaneció también sin intervenir, contemplando los hechos a distancia sentado en una piedra del camino, pero después de advertir, eso sí, que si alguien tocaba a su madre cogía la escopeta y le metía un tiro, que aquellas campanas tenían que tocar a muerto por ella y que luego hicieran con ellas lo que les diera la gana, incluso deshacerlas si querían.

Tiene razón María. Foncebadón está muerto o morirá muy pronto (cuando las campanas doblen por ella, posiblemente un día de nieve y de ventisca), como están muertos o morirán muy pronto, si es que nadie lo remedia, muchos pueblos de España que ya han empezado a ser tomados por el silencio y por las ortigas. Pero mientras eso ocurre, mientras la soledad se adueña, como un óxido invisible, definitivamente de sus ruinas, que les dejen al menos a sus habitantes en paz, con sus recuerdos y sus campanas, aunque ni unos ni otras les puedan servir ya para sentirse vivos. Es a lo menos a lo que tienen derecho cuando ya lo han perdido todo, cuando hasta la soledad se les ha vuelto en contra y es ahora su principal enemigo.

lunes, 10 de enero de 2011

Antolín de Cela: "Se frivoliza y me da mucho miedo que el Camino pueda morir"

Nacido en Navianos de la Vega (León) hace 63 años, se ordenó sacerdote en 1971. Tras ejercer como párroco en El Barco de Valdeorras (Orense), en 1976 llegó a Ponferrada como organista de la Basílica de la Encina y como profesor de Música del Instituto Gil y Carrasco. Al morir el entonces rector, Miguel Rodríguez, en 1983, Antolín de Cela le sucedió en el cargo, que sigue ocupando en la actualidad y que compatibiliza con el puesto de delegado del Camino de Santiago para la diócesis de Astorga y con la docencia. Entre otros reconocimientos, recibió el año pasado el título honorífico de monseñor de su Santidad y el Premio de Cultura 'Ciudad de Ponferrada' en 2006.

¿Cómo estaba el Camino de Santiago cuando usted llegó a La Encina en 1976?

El Camino en la modernidad estaba bastante muerto, tuvo un rebrote después de la Guerra Civil, cuando se puso un poco de moda, pero pronto volvió otra vez a las andadas. En 1976 pasaba por aquí un francés de vez en cuando, igual una vez a la semana, y españoles muy poquitos o ninguno. La peregrinación estaba prácticamente muerta y no había albergues, los que tenían dinero iban a un hostal y los que no, dormían en los pueblos en algún pajar. Se les acogía igual que a los pobres, con mucho cariño eso sí, se les daba incluso una sopa. Era un Camino que vivía de recuerdos de lo que había sido y tampoco tenía muy buena prensa.

¿En qué momento empezó a cambiar esta situación?

Fue poco a poco saliendo adelante a partir del año 80, algo fue cambiando, tal vez por los movimientos europeos y por la cultura que en aquel momento surgía de un mundo nuevo cuando el final del siglo XX ya se dibujaba. Creo que en ello tuvo mucho que ver Juan Pablo II, que no fue el que lo puso en marcha, de eso se encargaría la historia sola, pero sí lo promocionó. En el Año Santo de 1982 el Papa realizó su primera visita a España y estuvo en Santiago. Yo fui con un grupo de jóvenes. Se celebró un encuentro europeísta en la Catedral donde dio un discurso que caló muy hondo, en el que pedía a Europa que fuera fiel a sus raíces cristianas, las que le hicieron grande. Las televisiones de todos los países retransmitieron el discurso y mucha gente se enteró de que había un Camino que fue importante en otra época y que ahora estaba medio muerto. Después de eso, ya se empezó a ver más gente.

¿Qué hizo usted entonces?

Abrí el primer albergue en Ponferrada en 1983, en los bajos de la casa parroquial. Acogíamos a la gente con la mayor generosidad que podíamos y ellos si querían echar algo en la hucha lo hacían. No había entonces ningún albergue desde Astorga hasta aquí, así que escribí en el Diario de León que hacía falta alguno porque era mucho trayecto para hacerlo en un día. Recibí una carta desde Londres de una asociación inglesa que decía que tenían ahorrado un millón de pesetas y que si encontraba una casa por aquí los invertirían en un albergue. Encontré en Rabanal la casa del cura que estaba caída y de ahí salió el albergue de la Confraternity of Saint James.

¿Por qué decidió abrir el albergue?

Tuve una corazonada y supe interpretar los signos de los tiempos. A mí me parecía que la ruta jacobea estaba tomando una buena dirección, que se pondría al rojo vivo. Yo creía en el Camino, que sería importante a nivel religioso, cultural y social para Ponferrada y para todo el territorio que atravesaba, y para la iglesia, claro. Luego llegó un momento en el que vi que no podía seguir en la casa parroquial porque se utilizaba también para las catequesis y para las reuniones de todos los grupos de la parroquia, y lo saqué a un caserón que había cerca de la iglesia de San Andrés, frente al castillo, que era de un persona mayor que nos lo cedió. Con el tiempo abrieron una calle ahí y el Ayuntamiento expropió la casa, y otra vez nos quedamos sin albergue. Entonces encontré un peregrino suizo que puso más de 20 millones de pesetas y el resto la parroquia, y el proyecto el Ayuntamiento, y construimos el actual albergue, muy bonito, que es el más grande del Camino.

¿Qué opinaba la gente de la ruta jacobea hace 30 años?

Hay que saber interpretar el Camino, hay quien le pide lo que no puede dar, como a las personas. Hay sacerdotes que quieren que todo el que venga por el Camino sea un santo y no es así porque la vida no está hecha de santos, está hecha de santos y de demonios, y el Camino es lo que es la vida. Muchos dudaban entonces de los peregrinos porque decían que era turismo barato, había mucha gente que no creía en la ruta.

¿Cómo evolucionó?

Fue una evolución rápida, de muy poco movimiento se pasó pronto a un movimiento serio. Yo creo que tuvo que ver de nuevo el Papa Juan Pablo II, que vino en 1989 por segunda vez a Santiago para clausurar la cuarta Jornada Mundial de la Juventud. Estuvimos 600.000 jóvenes en el Monte del Gozo, entonces lo nunca visto. Esa fue la bandera más grande y el pistoletazo de salida del Camino. No hizo el milagro porque el milagro lo hizo la sociedad, la cultura, la espiritualidad y la necesidad del hombre de encontrarse consigo mismo, un hombre descreído, que parece que no cree en Dios ni en él ni en nadie, pero que necesita espiritualidad, salir de si mismo, viajar a otros sitios, hacer algo. Pero el Papa ayudó mucho porque su segundo viaje a España tuvo un efecto multiplicador, a partir de ahí la ruta se puso de moda y no había quien lo detuviera. Luego fueron surgiendo las asociaciones de amigos del Camino de Santiago.

¿Qué papel desempeñaron las asociaciones en esta recuperación?

Fueron las que poco a poco dinamizaron el territorio, arreglando los caminos, protestando si un ayuntamiento no hacía las cosas bien, quitando la basura, etc. La primera fue la del Cebreiro, creada por su cura, Elías Valiña, y la segunda fue la de Ponferrada. Yo fui uno de los pioneros, nos juntamos un grupo de amigos y citamos desde el periódico a todo el que quisiera colaborar. Nos reunimos en la parroquia y nombramos a un médico de Santiago, el doctor Bacariza, como primer presidente.

¿Cómo ve el Camino de Santiago en la actualidad?

Hoy ya no es un Camino, se debe hablar de los Caminos de Santiago. El Francés es el más famoso y está lleno, puede casi morir de éxito. Por eso se han avivado otros caminos que llevaban muertos muchos siglos, como la Ruta de la Plata, el Mozárabe o del Madrid. Aunque de manera desigual, porque el Francés sigue teniendo mucha más gente que los otros, los Caminos de Santiago están en uno de los momentos más importantes de su historia, es más, yo creo que conforman hoy el foro cultural y religioso más importante de Europa.

¿Y su situación en Castilla y León?

Creo que la Junta ha actuado bien en el Camino de Santiago, hizo arreglos a tiempo, señalizaciones, caminos paralelos para sacar la ruta de la carretera y áreas de descanso con papeleras. Ha hecho también controles en los albergues que son buenos porque dan buena imagen y los dignifican, ha realizado convenios con los obispados para abrir las iglesias... No hay que olvidar que el Camino vertebra la Comunidad y ayuda a frenar la despoblación.

¿Qué supone para usted el Camino de Santiago?

Yo he hecho dos veces el Camino, una desde Puente la Reina (Navarra) solo y otra desde Astorga con un grupo de jóvenes. Fueron experiencias muy bonitas y positivas porque ser peregrino supone siempre un encuentro con uno mismo, mientras caminas no tienes muchas ganas de hablar porque te cansas y tienes muchos momentos para pensar en tu vida, es el camino interior que vas recorriendo. También es un encuentro con los demás, con gente de muchos países. En el Camino se hacen los mejores amigos, se recuerdan siempre. Creo que es además una oportunidad para encontrarse con Dios porque creer cuando la vida te trata bien es fácil, pero cuando uno está molido y se siente indefenso se encuentra más propenso a abrirse al misterio de la trascendencia. El Camino es la vida, es también la miseria humana, la demostración de que no hace falta tanto para vivir porque allí te pesa todo. Al final lo que importa eres tú, tus amistades y las cosas que amas, vamos por la vida amontonando cacharros y no hace falta tanto.

¿Qué balance hace del Año Santo Jacobeo?

Durante 2010 en el albergue de Ponferrada ha habido ligeramente más peregrinos que en 2009, de los 30.018 de entonces a algo más de 32.000 el año pasado, un 7 por ciento más, y en Burgos dicen que incluso peor, mientras que en Santiago han entregado 271.000 compostelas, la cifra más alta de la historia. Esto quiere decir que el hombre contemporáneo tiene menos tiempo y el tiempo es además algo que se valora mucho, tener hoy un mes para hacer el Camino es una cosa de ricos. Esto hace que haya mucha gente que lo comience en Astorga o Ponferrada y otros muchos que lo hacen por tramos en dos o tres años, según sus posibilidades. Y existe además un fenómeno que indica poco esfuerzo porque cada vez hay más personas que se acercan más a Galicia. Hay una cierta laxitud en Santiago dando la Compostela.

¿Le preocupa que tanta gente pueda acabar con la esencia del Camino?

Me da mucho miedo que el Camino muera porque cada día existe una frivolización y una comercialización mayor de la peregrinación, el hecho jacobeo muchas veces se despoja de su sentido religioso, se queda en una cosa turística y comercial. El que se echa al Camino es por algo, no es sólo por ir de vacaciones porque se va mejor a Torremolinos que andar todos los días 30 kilómetros sudando la camiseta. Quiero pensar que existe siempre una búsqueda, pero está quedando muy difuminada y tengo miedo de que el Camino se convierta en una feria. La iglesia está haciendo lo que puede para que no se pierda ese hálito religioso, pero hoy en día está bastante empobrecida y no tenemos mucho que ofrecer.

¿Cómo ve el futuro del Camino teniendo en cuenta que no hay un nuevo Año Jacobeo hasta 2021?

Creo que de momento la peregrinación seguirá, a qué ritmo no lo sé, posiblemente no sea tan intensa como en la actualidad pero hay que ver qué pasa sin años santos, que suelen ser la cumbre, aunque ahora más o menos todos los años son iguales. La peregrinación está llegando a países que antes no estaban en ella, como Italia, América, y el Este y el Norte de Europa, y eso es imparable. Todo esto me hace pensar que no va a descender, aunque tal vez sería bueno que bajara un poco para recuperar ese sentimiento religioso, pero también sería triste. Eso lo hará la historia, cuando se abusa del Camino es verdad que también se paga.

Camino en cuatro estaciones

La primera vez se planteó la experiencia como un reto. Su hijo mayor propuso a Antonio Godoy hacer el Camino de Santiago a sus 63 años y "me entró un subidón de este que te entra cuando tienes ganas de hacer algo", afirma. Con esta partida comenzó una aventura que ha llevado a este vecino cordobés a peregrinar cuatro veces en el último año, una en cada estación, aunque Antonio asegura que no lo había planeado para que sucediera de este modo. Cada una de las etapas llevó a la siguiente y el deseo de superarse le condujo a ser una de las pocas personas, si no la única, que haya realizado el camino en tantas ocasiones en un año compostelano.

En el primer viaje Antonio necesitó de la ayuda de su hijo en uno de los tramos. Al llegar a O Cebreiro la salud le restó fuerzas y su primogénito tuvo que portarle la mochila. A punto estuvo de llamar a un helicóptero para que le atendiese, pero el veterano se empeñó en continuar. La casualidad también quiso que en su recorrido encontrasen un incendio y el hijo de Antonio, que es bombero de profesión, ayudó a los vecinos de la zona. "Mi hijo retiró bombonas de butano" y contribuyó a que los daños fuesen menores, por lo que al día siguiente la prensa local hablaba del bombero de Córdoba, recuerda Godoy. A pesar de la propuesta de su hijo de dormir en hoteles, tras conocer a dos madrileños y un coreano que hacían el camino "yo quería ver lo que era un albergue y me encantó". En los viajes posteriores los trabajadores del lugar le preguntaban si se había quedado a vivir en la zona.

La dificultad del primer peregrinaje motivó a este cordobés a plantearse realizar un segundo peregrinaje solo antes de cumplir los 64 años, en el mes de abril, porque "la primera experiencia fue más que maravillosa". Antonio precisa que "mi familia no quería dejarme ir en un primer momento, porque tengo mucho medicamento encima", pero después de estas cuatro etapas "está muy contenta".

Tras haber tenido algunos problemas serios de salud el peregrino asegura que "volver a sentirte persona es algo grande". Y tan bien se encontró que se propuso realizar un nuevo recorrido en el verano para llegar hasta Finisterre, donde algunos apuntan que se encuentra el fin del Camino de Santiago. Una afección de la garganta le hizo volver a Córdoba cuando llegó a Santiago, pero "me propuse hacerlo por cuarta vez, en otoño. Con esto he visto los árboles de todos los colores", señala emocionado.

Antonio no pudo cumplir su deseo de quemar las zapatillas y la ropa al llegar a Finisterre, lo prohibieron por seguridad, aunque asevera que "no puedo explicar la satisfacción que tuve, estaba que no cabía en el cuerpo". Esta aventura es un paso más de la vida de este cordobés, que manifiesta que ha sido ebanista y batería de profesión, y ha acompañado a artistas como Ana Belén y Víctor Manuel, pero "eso fue hace mucho tiempo".

Las claves para hacer el Camino de Santiago si eres diabético

La Fundación para la Diabetes aconseja llevar insulina suficiente, reforzar los controles de glucosa y aumentar la hidratación, entre otra...