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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Apuntes de mi Camino de Santiago

Por J. P. Enrique

¿Qué es el Camino de Santiago? ¿Qué mueve a cargar los mínimos enseres de supervivencia en una mochila y partir? ¿La fe? ¿Es ir en busca de una experiencia personal? ¿Es un reto? ¿Es una aventura?
Perderse unos días por el Camino es ir al encuentro de la soledad; ir en busca de compartir con extraños; ir al encuentro del legado artístico de nuestros antepasados; ir en busca de la diversión; ir en busca del sonido del silencio y el mantra, con sonidos graves, de la arena del camino y las piedras que emiten su lamento al ser levemente desplazadas.

Perderse por el Camino es ir al encuentro del frescor de la mañana y de las notas melodiosas que las aves depositan en el viento con los primeros rayos de sol, que viene a saludarnos tímidamente tratando de abrirse paso entre nubes. En medio de todo eso se huele el aroma de las flores violáceas y se contempla la majestuosidad de las hayas, la reverencia de los girasoles, el canto de algún gallo o balar de alguna oveja mientras el caminante se detiene a coger alguna mora silvestre bañada por el rocío matinal.

Cada peregrino, en su recorrido, se encuentra con lo que otros han dejado escrito en el camino: Una carta envuelta en plástico colgada de una verja dirigida a un amigo con el que se ha perdido el contacto. Una inscripción cargada de ánimos: “Vamos Gema que ya llegamos”. Otra antirracista: “No sobran inmigrantes, sobran fascistas”. Otra divertida: “aquí en Villares le dijo la cebolla al ajo: acompáñame siempre majo” Otra liberadora: “Sueña lo que te atrevas a soñar. Sé lo que quieras ser. Ve donde quieras ir. ¡Vive!”

El Camino también es sufrimiento pero sobretodo es el abandono de todo lo cotidiano para vivir unos días en los que no importa casi nada y lo que pensamos que importa se observa desde la distancia. No hay necesidad de escuchar los noticieros: ni los resultados de fútbol, ni el crecimiento del PIB, ni de la repetida crisis, ni de si la bolsa sube o baja, ni lo que han dicho Rajoy o Rubalcaba o de preocuparse porque la naturaleza se ha ensañado, otra vez, contra los más débiles utilizando algún tsunami, un volcán, lluvias torrenciales o un huracán en el Caribe. O que las armas continúan siendo usadas antes de que caduquen en la Libia del petróleo y en tantos otros lugares del planeta. Nada importa. Todo es ajeno desde el desconocimiento.

No hay que hacer mucho esfuerzo para abandonarse. Basta olvidarse del transistor y dar la espalda al televisor, siempre encendido en todos los bares donde se para a repostar.

El Camino es el desprendimiento voluntario de todas las cosas inútiles que llenan nuestras vidas y que se amontonan en nuestros hogares. Pese a haberse convertido hoy en una ruta turística, antaño dura e insegura, en la que es muy difícil perderse, el Camino sigue cobijando encanto.

Delante de nuestros ojos dos pies avanzan monótonamente: Un paso y otro paso. Detrás a nuestra espalda se amontona, revuelto, todo lo necesario para vivir: Agua, cuatro piezas de ropa, un ínfimo botiquín, la colchoneta… y poco más.

Cada Camino es una experiencia siempre diferente. Cada viaje, aun pasando por los mismos lugares, es otro viaje. El Camino, como la vida, produce encuentros con personas interesantes. Las acerca y las aleja. Al final perdura una amistad imborrable, el recuerdo de una anécdota o el olvido para siempre.
Suele haber entre los peregrinos fraternidad, cariño y alegría. Después del primer encuentro y del saludo “Feliz camino” (que pronuncia la francesa, el irlandés, la sueca o el brasileño) es frecuente volver a encontrarse (más tarde, al día siguiente o a los dos días) con las mismas personas y en ese segundo encuentro ya han brotado lazos de amistad y emerge la alegría del reencuentro.

En Santibañez fue agradable compartir cena con italianos, finlandeses, alemanes y 4 españoles. Comimos muy bien una cena preparada por Hércules, un romano de mediana edad que abandonó su trabajo en un banco italiano para quedarse a regentar el albergue parroquial de ese pequeño pueblo. Con lo que obtiene y la renta de su piso de Roma alquilado, dice que vive muy bien y hasta puede viajar en los meses, de crudo invierno, en los que cierra porque no hay peregrinos.

En mi caminar me he encontrado con un venezolano que trabaja como profesor en Alemania y es la cuarta vez que realiza el camino desde Roncesvalles. Hemos hablado de Chávez de quien dijo que “es más malo que su enfermedad”, de la falta de líderes en Europa y también de la situación de España. Dice que le llama la atención la cantidad de letreros de “se vende” que ve por todas partes y hemos analizado durante horas la crisis. Finalmente hemos coincidido en que no sirve el control absoluto del Estado y tampoco el neoliberalismo.

Poco antes de llegar a S. Justo unos raros hippies “liberados –dicen ellos- de egoísmos personales” ofrecían zumos cosechados en su huerta, a cambio de un donativo.

Por el Camino hay centenares de historias. Cada cual tiene las suyas. Como la del matrimonio que no podía vivir en Israel por falta de ingresos y vendió su casa para dirigirse de ahí a Roma y desde ella a Santiago. Como el joven que, antes de tomar una decisión importante en su vida, se marchó a recorrer el Camino para meditar. Como el que se casó con una mujer que encontró en el Camino. Como el que abandonó todo para quedarse a vivir en los aledaños como ermitaño. Como el que se quedó a cuidar de un albergue. Como el que cuenta haber recorrido 16 veces el Camino desde Roncesvalles. Como… Y, como siempre ocurre, las historias serán escrupulosamente ciertas o estarán adobadas con los ingredientes que se quieran añadir. Como en la vida misma. ¿No nos ocurre que, a veces, alguien de nuestro entorno nos narra algo de otra forma a como la hemos vivido en común?

El Camino es como la vida. Como me decía un nativo en algún lugar. La vida no está al final del viaje, sino en el propio viaje.

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