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lunes, 22 de noviembre de 2010

Recuerdo(s) de Santiago

Tras la estupenda «Bobby», ese mosaico que mezclaba al mejor Oliver Stone y al Robert Altman automático, Emilio Estévez ha suspendido sus proyectos y le ha dedicado a su padre, Martin Sheen, seguramente en el gesto más emocionante de «The way», el tiempo necesario para plasmar en imágenes su aproximación mística al Camino de Santiago. Resulta muy complicado (al menos, conociendo mis limitaciones) valorar un algo que no es del todo una película y que tampoco es una mera postal-documental-financiada-por-una-consejería de La 2. El filme del primogénito de los Sheen sirve de homenaje a su familia, una familia de emigrantes que partió desde Galicia y que retorna a ofrecer su, física y metafísica cohabitan, testimonio vital del Camino. Además, esforzados en rizar el rizo sentimental, Taylor, uno de los hijos de Emilio Estévez, vive ahora en Burgos después de haberse enamorado de una de sus (adorables) lugareñas.

Como ven, y no pidan otra cosa, «The Way» nace de ese empeño, tan de viajero en regreso (si es que existe un tipo diferente de travesías), que ocupa a Martin Sheen en el último acto de su vida. En ese punto, y porque es Martin Sheen, joder («Malas tierras», «Apocalypse now», «El ala oeste»), se lo respetamos. Los valores fílmicos, por tanto, se oscurecen, pero en ningún caso hasta el ridículo: la película narra, con mayor pulsión en su primera media hora, el discurrir de varios peregrinos a lo largo de las tierras del norte de España. Al frente, el veterano actor norteamericano encarna a un padre que se obsesiona con hacer el Camino para, de alguna forma, resucitar a su hijo, fallecido al poco de comenzarlo en Francia.

Uno, ocurrió con «Vicky Cristina Barcelona» o, recientemente, con «Noche y día», siempre ha recelado de aquellos que señalan barbaridades («A Asturias no se va en avioneta» o «En Sevilla no hay encierros») en ficciones masivas. Toca pensar en la absurdez de un humano de Texas que señale a la pantalla de una proyección madrileña a la que nosotros asistamos, impasibles, y grite: «Pues en Austin las barbacoas no se preparan así». Obviando esta tara mía, «The way» parece fiel (salvo en el inevitable flamenco en Burgos) a esas bizarradas mochileras que te puedes encontrar si te pones (discúlpenme el «urbanitismo» pedante) a andar como un cosaco por el mero hecho de andar como un cosaco y no por el más noble de dirigirte a un H&M o al Pachá. El grave problema del desarrollo del largometraje, por tanto, no es su fidelidad con lo retratado ni la emoción nostálgica que rebosa, sino su inconexión entre las diversas postales que plantea, quizá producto de apoyarse en un libro de relatos. Aunque, bueno, puede ser que el Camino, y todos los caminos, se traten de eso: una serie de postales inconexas a las que otorgamos, en un esfuerzo vano, una cierta coherencia falsa.

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