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martes, 9 de noviembre de 2010

Comunicación y signos en el Camino de Santiago

Debemos desterrar de nuestras mentes la idea de que la Comunicación es un sistema o proceso moderno que se desarrolla a través de los periódicos o los medios audiovisuales. El Camino estaba ya lleno de mensajes… desde la Edad Media.

Tomemos una imagen clásica de una ciudad de Castilla: la entrada a Burgos por el Arco de Santa María. Ante nosotros se hallarán, en una única imagen, los símbolos del poder civil y religioso. En el mismo arco está la figura del emperador, en un espacio central del retablo pétreo y, en lo alto, entronizada, la Virgen María. Por si fuera poco, al fondo, las airosas torres de la catedral también nos hablan del poderío de la iglesia.

Torres y murallas

Antaño no había periódicos ni televisiones, pero había una comunicación. El viajero que llegaba ante una ciudad lo sentía cuando veía de lejos las torres y las murallas.

Las murallas definían visualmente dos mundos: el de dentro, jerárquico, protegido, especializado y cerrado, y el de afuera, rural, contribuidor y abierto. Estar a un lado u otro de los muros implicaba incluso un posicionamiento socioeconómico. Fuera estaba el territorio explotado, inseguro, el temor, el lugar por donde se hacían correrías para recoger vituallas, la tierra de los contribuidores al progreso del centro urbano, el espacio por el que llegaba el enemigo.

Dentro se disfrutaba de la protección del gobernante, aunque también se sufría su dominio. Pero ese dominio, esa exhibición de poder, facilitaba la pacificación de las masas. Sin pacificación no hay un desarrollo de la economía y, sin éste, no se recogen tributos. En los edificios de la iglesia, las portadas, los altares, las pinturas murales o los inmensos vitrales se destilaban argumentos mediante los cuales se explicaba, se vendía, una ideología y una religión a las masas iletradas de la Edad Media.

La comunicación desde el poder religioso o desde el poder civil, está en el escenario que recorrían los viajeros y peregrinos. Palacios, templos, murallas y ceremoniales obnubilaban y condicionaban al ser humano como hoy lo hacen los programas y “spots” televisivos. Pero, además, entre los grandes hitos urbanos estaban los territorios rurales, en los que también se alcanzaban a ver los elementos distintivos del poder. Las estructuras de las iglesias y monasterios, o los castillos que se alzaban en los oteros, realzaban permanentemente la representación del poder.

Y por si fuera poco, otros signos mostraban al viajero su propio valor. En Castrogeriz (Burgos), en la iglesia parroquial de Santo Domingo, aparecen sendas calaveras que nos recuerdan la fugacidad de la existencia con la leyenda “O mors o aeternitas”. Y el viajero recordará la sentencia de Horacio: “Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas regumque turres”. No somos nada.

El tañido de las campanas

La comunicación también llegó siempre al peregrino por el oído, mediante el tañido de las campanas. Aún en medio de la niebla, hasta las campanas de las iglesias y monasterios avisaban y orientaban al viajero del camino de la salvación. León conserva una campana datada en el siglo XI, correspondiente a la basílica de San Isidoro, que se tiene por la más antigua de la ruta jacobea.

En multitud de iglesias de todo el territorio la imagen de Santiago recordaba la peregrinación, igual que lo hacían los hospitales e incluso los peregrinos, con su habitual indumentaria. Si había grandes hospitales que impresionaban por su magnificencia –el Hospital del Rey en Burgos y el de San Marcos en León- en pequeños pueblos también aparecían humildes locales en los que el peregrino recibía caridad y un lugar para el descanso.

Las imágenes del apóstol Santiago nos revelan su historia y los mitos tejidos en torno a su figura. Uno de esos mitos está referido a su carácter guerrero. Abundan sus representaciones como caballero, frecuentemente en un caballo blanco, esgrimiendo la espada y decapitando a algún soldado del Islam, en recuerdo a la mítica batalla de Clavijo, en la que habría ayudado a las huestes cristianas a obtener una resonada victoria, que acabó con el vergonzoso tributo de “Las cien doncellas”.

El Santiago Matamoros está en multitud de iglesias de toda Castilla y León, a veces en trabajos de notable sabor popular, otras en magníficas obras. Frecuentemente, el Apóstol aparece con la típica indumentaria del peregrino: el bordón o bastón, el sombrero, la concha (frecuentemente en el sombrero) y la calabaza. Es un modelo iconográfico atípico, en el que se pierde la simbología original y se suplanta por la de los fieles que acuden a venerar las reliquias. Pero, junto a los elementos artísticos y monumentales comunicadores, estaba el otro gran monumento, el de la oralidad, integrado por experiencias, conocimientos, historias y mitos que corrían de boca en boca, y que fluían rápidamente por esta vía. Los milagros, además, quedaban impresos en los libros de los viajeros que contribuyeron a expandir el prestigio de la ruta.

Hoy el Camino de Santiago sigue plenamente lleno de mensajes. No sólo los aludidos anteriormente, sino los incorporados en la modernidad, tales como la flecha amarilla o esa vieira de aire abstracto, pero plenamente incorporado al elenco icónico del país. Un puente, un letrero, un carro o una roca a la vera del camino, son puntos propicios para pintar una concha que nos habla del viaje y nos incita a soñar; una pared vieja o una simple alcantarilla es lugar que aprovecha el alberguero para ofertar un menú del peregrino o un lecho a precio asequible. La comunicación continúa.

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